Mi amante me obligó a salir a la calle vestida así
Me cambié en el baño del café y crucé la puerta sabiendo que al otro lado ya no era la esposa de nadie. Era otra cosa.
Me cambié en el baño del café y crucé la puerta sabiendo que al otro lado ya no era la esposa de nadie. Era otra cosa.
Cuando el contrabandista nos dijo el precio, todos nos miramos. No eran joyas ni dinero. Éramos nosotros, nuestros cuerpos, doce horas al día frente a sus cámaras.
Nunca le di like. Nunca comenté. Solo leía sus textos a medianoche y me preguntaba si él también pensaba en alguien como yo.
Cuatro sobres con dinero, cuatro regalos sobre la mesa. Valentina sabía exactamente cuánto valía, y esa noche se lo iban a demostrar.
Su avatar se sentó junto al mío en aquella terraza pixelada y algo en su voz me hizo quedarme hasta las cinco de la mañana.
Anduve quince minutos hasta su hotel con el vestido más corto que tenía. Sabía exactamente para qué iba y no me importaba que se notara.