La dependienta del probador despertó mi deseo
Nunca me habían atraído las mujeres. Pero aquella mañana, sola en el probador, unas manos extrañas me sujetaron por detrás y dejé de reconocerme.
Nunca me habían atraído las mujeres. Pero aquella mañana, sola en el probador, unas manos extrañas me sujetaron por detrás y dejé de reconocerme.
La carioca se sentó entre ellos como si la noche le perteneciera. «¿Suaves o de los que rompen?», preguntó. Ninguno de los dos imaginaba lo que faltaba por descubrir.
Acerqué un poco más mi cuerpo, fingiendo no entender el gráfico, y vi cómo a ella le temblaban las manos sobre los papeles.
Fui a buscar a mi marido con celos y el hombre con quien bailaba me frenó: «Déjalo, yo le di permiso». No entendí nada hasta que su cuerpo se pegó al mío.
Habíamos hablado del intercambio durante semanas por chat, pero ninguno imaginó que cruzar esa puerta tapizada de rojo nos haría olvidar de quién éramos pareja.
Su marido sonreía desde la barra mientras ella me cogía de la mano y me llevaba hacia la puerta del fondo, esa que nadie cruzaba por casualidad.
Subí al coche todavía caliente del baño y, cuando vi sus ojos en el retrovisor, supe que no iba a llegar al café sin que él me viera de cerca.
Cuando los guardias forestales tocaron la puerta huyendo de la nevada, ninguno imaginó que terminarían eligiendo pareja con el resto de nosotros esa noche.
Llegué a su casa pensando que era una charla cualquiera. Entonces vi al desconocido sentado en el sofá y supe que la propuesta no iba a ser sencilla.
Quedamos solo para mirar. Hora y media después estábamos los cuatro desnudos en la misma sala, y yo descubrí cuánto me gustaba verla con otro.
Llevaba años diciéndole que no a una sola cosa. Aquella tarde, en la arena, una pareja se nos acercó a pedir fuego y entendí que mi marido lo había planeado todo.
Me maquillé, elegí el vestido negro más ajustado y bajé al restaurante sabiendo que aquella noche con la otra pareja no terminaría en la mesa.
Mi mujer entró al círculo con una sonrisa que yo conocía bien: la de quien está a punto de convertirse en el centro de todas las miradas.
Ellos nos gustaban, nosotros les gustábamos a ellos, y el agua tibia hizo el resto. Lo que vino después ninguno de los cuatro lo había planeado del todo.
Cuando la vi arrodillada frente a él, lamiendo sin titubear, supe que nunca le contaría lo que esa boca acababa de limpiar sin darse cuenta.
Cuando creamos el perfil no buscábamos sexo a ciegas, sino a alguien que entendiera lo nuestro. Diego y Valeria nos escribieron una noche, y todo cambió.
«¿Y no te importa que tenga polla?», soltó su primo antes de presentárnosla. Respondí que primero quería conocerla. Esa misma noche terminé arrodillado a sus pies.
Solo queríamos enjuagarnos el salitre. Nadie nos avisó de que en aquel rincón perdido la ropa sobraba y las reglas las ponía el deseo.
Practiqué frente al espejo durante semanas. La noche que metí el vestido en la mochila supe que ya no había vuelta atrás: esa vez sería de verdad.
Bayron me puso el collar sobre la piel desnuda y supe que esa visita de trabajo no iba a terminar en la oficina, sino en su habitación.