Lo que pasó en el baño del aeropuerto con un extraño
Eligió el urinario de al lado sin pensarlo. Cuando sus miradas se encontraron en el espejo, supo que ninguno había entrado solo para lavarse las manos.
Eligió el urinario de al lado sin pensarlo. Cuando sus miradas se encontraron en el espejo, supo que ninguno había entrado solo para lavarse las manos.
Reconocí su sonrisa de diablo apoyada en la barra, con la toalla negra y el arnés rojo, y supe que esa noche el sauna entero iba a ser testigo de lo nuestro.
Cuando la puerta se cerró y se tragó la última luz, ya solo existían las manos, las bocas y la voz de Mateo diciendo que esa noche yo era suyo.
Cuando entramos desnudos y chorreando, los tres tipos que se enjabonaban se apartaron sin decir nada y nos dejaron el centro, como si supieran que la noche todavía no había terminado.
Iván seguía dormido entre mis brazos cuando un ruido en el pasillo me sacó de la cama. No imaginaba que el último día sería el más caliente de todos.
Tenía novia y se hacía el duro, pero esa noche, encerrados en el cubículo del baño, fue él quien me puso la mano en la nuca y me pidió que se la chupara bien.
Andrés guardó su tarjeta dos días sin atreverse a escribir. Cuando por fin lo hizo, no imaginó que esa misma noche estaría desnudo contra la pared de su propio recibidor.
El cabecero de su cama golpeaba la pared a un ritmo constante, y yo, despierto en la oscuridad, ya no podía fingir que aquello no me importaba.
Nos sentamos como dos amigos cualquiera, pero los dos sabíamos a qué habíamos venido. Al cerrar la puerta, ninguno se animaba a dar el primer paso.
La primera vez que lo vi sin camiseta en la playa me quedé sin aire. Era el hombre de mi madre, pero yo ya no podía mirarlo como un hijo mira a un padre.
Lo vi solo en la barra de la cocina, ajeno al grupo, pegado al celular. Con solo mirarlo supe que esa tarde no iba a quedarse tan macho como creía.
Eran las tres de la mañana cuando sentí su boca buscándome en la oscuridad, y supe que esta vez sería yo quien lo guiara hasta el final.
Cruzamos el umbral del departamento sabiendo que nos quedaban dos horas, y él se abalanzó sobre mí antes de que pudiera dejar las llaves sobre la mesa.
Me retó a nadar un último sprint con una condición que ninguno de los dos pensaba cumplir. Pero esa noche la piscina estaba vacía y nadie nos miraba.
Esperaba desnudo junto al olivo, con la mochila a los pies y el móvil en la mano, sin imaginar que aquella noche fría me dejaría dos sabores distintos en la boca.
Levanté la vista del móvil y sus ojos ya estaban clavados en los míos desde el otro extremo del aparcamiento. No hizo falta una sola palabra.
El agua caliente me recorrió la espalda y, por primera vez en aquel encierro, sentí sus manos callosas como una caricia. No abrí los ojos. Se lo había prometido.
Bajé la cremallera del mono en la penumbra, convencido de que estaba solo. Entonces sentí el peso de una mano huesuda posándose despacio sobre mi rodilla.
Me prometió una plaza en la goleta si lo acompañaba al callejón. Lo que vi por aquella ventana y lo que pasó después cambió todo lo que creía saber de mí.
Cuatro meses después, volvimos al mismo vestuario buscando repetir aquella tarde. No contábamos con que un tercero, joven y descarado, nos estuviera observando desde el otro extremo.