Mi fantasía empezó cuando le entregué el mando
Llevaba horas buscando una chispa en miradas ajenas y no encontraba nada. Hasta que me decidí a cruzar el salón y poner el juego entero en sus manos.
Llevaba horas buscando una chispa en miradas ajenas y no encontraba nada. Hasta que me decidí a cruzar el salón y poner el juego entero en sus manos.
Antes lo escondía todo. Esa noche entré a la sala sin ropa interior, con la falda corta y la certeza de que alguien iba a mirar. Y yo quería que mirara.
Cuando el tren se fue sin mí, creí que la noche estaba perdida. Entonces lo vi al otro lado del andén, inmóvil, mirándome como si me esperara desde siempre.
La bata de papel apenas me cubría. Cuando sus manos calientes bajaron por mi espalda, supe que aquella sesión no iba a terminar como yo había imaginado.
Tres horas bajo el sol, empapado de sudor, y desde la sombra del árbol vio algo en la terraza que lo dejó sin aire: ellos sabían que los miraba.
Entré al baño con la tanga puesta y salí con ella enredada en el pelo. No imaginaba que la fila para entrar a la sala sería la parte más larga de la noche.
—No tienes que creer que puedes —le dijo al oído—. Yo sí lo creo. Tu único trabajo de esta noche es rendirte y dejar que tu cuerpo obedezca.
Le serví un té para que se relajara, pero supe que el trabajo no era lo único que lo tenía tenso. Y esa noche decidí hacer algo al respecto.
Me puse la minifalda más corta solo para ver si conseguía ponerlo nervioso. No imaginé que esa misma noche él volvería a aparecer, esta vez dentro de mi cabeza.
La amiga de su mujer abrió las piernas frente a él, sonriendo, solo para mostrarle aquello que esa noche jamás iba a tocar.
El vapor borraba los rostros y los nombres. Solo quedaba el calor, su mirada fija en la mía y la certeza de que ninguno de los dos iba a detenerse.
Apoyé las manos en la pared fría, respiré hondo y entendí que al otro lado alguien esperaba el permiso invisible para empezar a tocarme.
Teníamos un pacto y una sola palabra para frenarlo todo. Pero mientras dormía boca abajo, supe que esa mañana no iba a pronunciarla.
Llevábamos años rozándonos las manos sin decir nada. Esa madrugada, en mi salón a media luz, las miradas dejaron de bastar y nadie quiso volver a fingir.
La vi entre cientos de personas y supe que iba a buscarla. Lo que pasó después, junto al mar, fue el sueño más vívido que he tenido jamás.
Estábamos solos en la montaña, o eso creía, hasta que sentí unos ojos clavados en nosotros desde la cabaña de al lado y no quise que pararan.
Desde la muerte de Tomás abracé mi lujuria sin freno, pero el paquete envuelto en terciopelo negro que llegó esa noche escondía algo que mis fantasías nunca imaginaron.
Llevaba tres semanas tragando polvo y soledad cuando el conductor me miró fijo, sin sonreír, y dijo: «Ven, mi casa». No era una invitación: era una orden, y lo seguí.
Esa noche cumpliría por primera vez el ritual: desnuda, atada al potro, con un guerrero veterano dispuesto a arrancarle el placer que pertenecía a la diosa.
Le dieron cuerda a un reloj antiguo y, al amanecer, su cuerpo ya no era el suyo. Una semana de placer robado con un precio que solo se cobra en la última noche.