La noche que cambiamos de pareja en su departamento
Llegué a esa cena pensando en una copa de vino y una escapada al campo después. Terminé arrodillada frente a un desconocido mientras mi amante miraba.
Llegué a esa cena pensando en una copa de vino y una escapada al campo después. Terminé arrodillada frente a un desconocido mientras mi amante miraba.
Estábamos despeinadas y sin maquillaje cuando Daniela me recordó aquella vez. No imaginé que, antes del anochecer, ellos nos estarían mirando desde la puerta entreabierta.
Durante años lo mencionábamos entre risas y copas, sin atrevernos. Esa noche alguien escribió nuestros nombres en papelitos y todos dejamos de hablar.
Cuando Marina se quitó la última prenda dentro del agua tibia, los cuatro supimos que esa noche nadie iba a dormir en su propio lado de la cama.
El baño de visitas estaba ocupado, así que entré al cuarto sin pensarlo. Damián estaba ahí, solo, mirándome como quien llevaba semanas esperando ese momento.
Me besó el cuello, me miró a los ojos y soltó la frase que llevaba semanas guardando. No era una pregunta: era una invitación a romper todas las reglas.
Mientras le untaba el protector, ella movía despacio las caderas contra la arena. Yo solo pensaba en cómo convencerla de cruzar la puerta del otro hotel.
Compartimos mesa con una pareja que acabábamos de conocer. Tres horas más tarde, en su salón, una caja de cartas rojas borró todas las líneas que creíamos tener.
«La decisión es tuya, tú decides.» No me pude quitar esa frase de la cabeza en toda la semana, mientras mi cuerpo ya había decidido por mí.
Habíamos hablado durante semanas por mensajes, pero nada me preparó para tenerlos a los dos frente al mar, con todas las reglas listas para romperse.
Nunca se habían visto en persona, solo fotos y mensajes cargados de deseo. Pero ella viajaba a su ciudad y, esta vez, la fantasía amenazaba con volverse real.
Entró con una noticia que cambiaría las reglas entre nosotros: una marca quería fotografiarla en lencería, y la idea la encendía mucho más de lo que yo esperaba.
Llevaba meses susurrándole al oído la misma fantasía. Esa tarde, frente a una cala desierta, dejé de imaginarla para verla cumplirse delante de mí.
Cuando Damián deslizó los dedos por sus caderas, Marina entendió que su marido no la observaba con celos, sino con un deseo que ella nunca le había conocido.
Subió esos cinco pisos a discutir con la madre de su novia. No imaginaba que el marido estaba en casa, ni la propuesta que saldría de su boca esa tarde.
Salí a despejarme con la botella de tequila todavía en la mano. No imaginaba que cruzarme con él en el pasillo lo cambiaría todo esa noche.
Cuando rozó su antebrazo al salir del restaurante, Marina supo que aquello no había terminado en la mesa. Era el mejor amigo de su marido.
La puerta de emergencia se cerró con candado y mi mujer quedó del otro lado, con él. Solo nos separaba una pared de yeso. Empecé a escuchar.
Quitar las fotos, esconder mi ropa, ocultar la webcam y meterme en el cuarto de la plancha: esa noche mi mujer traería a un extraño y yo sería el único testigo.
Cuando Diego frenó frente a las luces de neón, supe que aquella apuesta entre risas y kalimotxo iba a convertirse en la noche que mi mujer y yo llevábamos meses imaginando en secreto.