Mi cuñada descalza me provoca cada vez que estamos solos
Cada vez que su hermana se daba la vuelta, ella se quitaba las sandalias y dejaba sus pies a la vista, sabiendo lo que me hacía y disfrutando cada segundo de mi tortura.
Cada vez que su hermana se daba la vuelta, ella se quitaba las sandalias y dejaba sus pies a la vista, sabiendo lo que me hacía y disfrutando cada segundo de mi tortura.
A la una de la madrugada se quitó los tacones para provocar, como siempre. No sabía que esa noche alguien iba a convertir su capricho en una orden.
Me costó tres meses de paciencia llegar hasta el sofá de Mariana, quitarle las zapatillas despacio y descubrir si de verdad le importaba que yo no pudiera dejar de mirar sus pies.
Le dije que me gustaban sus pies y se rió. No imaginaba que esa tarde, mientras cuidaba a sus sobrinas, yo estaría de rodillas frente a su cama con sus zapatillas en las manos.
Aprendí a contar las horas hasta que se dormía. Solo entonces, en la oscuridad de la litera, sus sandalias eran mías y nadie podía ver lo que hacía con ellas.
Llegué a su casa por un trabajo del colegio y la encontré en hawaianas. A partir de ese momento ya no pude mirarla a los ojos sin pensar en sus pies.
Le di la espalda a la cámara, moví las caderas despacio y esperé. Solo quería que un extraño me ordenara qué hacer con mi propio cuerpo.
Los fines de semana no voy al cine por la película. Voy a sentarme atrás, a esperar que unos pies desconocidos se apoyen en mí y decidan cuánto puedo aguantar.
Eran las doce en punto cuando crucé el patio descalzo. Sus ojotas rosadas seguían ahí, tibias, con la marca de cada uno de sus dedos esperándome en la oscuridad.
Entré al posgrado sin conocer a nadie. Bastó que ella cruzara las piernas y se quitara una sandalia para que yo dejara de prestar atención a todo lo demás.
En cuanto la reunión se relaja y nadie mira, me escabullo al baño. Sé exactamente qué voy a encontrar en el cesto, y sé perfectamente lo que voy a hacer con ello.
Nunca había pagado por algo así. Quedamos un martes por la mañana, ella me dio la bolsa de prisa y yo no pude dejar de pensar en lo que me esperaba en casa.
Ella levantó la falda, me miró fija y dijo que no me diera vergüenza, que todos lo hacíamos. Ahí supe que esa noche no se parecería a ninguna otra.
Llevaba años persiguiendo este momento en aeropuertos y trenes, pero nunca imaginé que una desconocida me dejaría adorar sus pies descalzos en pleno vuelo.
Cada paso hacía sonar el metal escondido bajo su falda. Vera había aprendido a vivir mojada, al borde, esperando la próxima aguja que él hundiría en su carne.
Cuando cerramos la puerta del dormitorio, dejamos de ser la pareja correcta que todos conocen. Ahí dentro no hay límites, solo los que ponemos para romperlos.
La noche que lo esperé con la blusa entreabierta, supe que ya no era la misma mujer: me había rehecho entera para encender el deseo de un solo hombre.
Llevo años trabajando entre muertos y creía haberlo visto todo. Hasta que aquel hombre, tendido en mi mesa de acero, se movió cuando hundí el bisturí en su pecho.
Desde niño los globos me aterraban y me excitaban a partes iguales. Aquel cumpleaños, encerrado en el baño, descubrí hasta dónde podía llevarme esa contradicción.
Cuando se arrodilló en la ducha y me miró con esa sonrisa, supe que ya no había vuelta atrás: su fantasía y la mía estaban a punto de cruzar una línea.