La videollamada con un desconocido que me hizo acabar
Buscaba algo distinto esa tarde, algo que me sacara del aburrimiento. Encontré a un desconocido dispuesto a mirarme mientras yo me dejaba mirar.
Buscaba algo distinto esa tarde, algo que me sacara del aburrimiento. Encontré a un desconocido dispuesto a mirarme mientras yo me dejaba mirar.
Llevaba media hora caminando cuando el calor entre mis piernas dejó de ser una idea y se volvió urgencia. El muro de cemento estaba frío; yo ardía.
Él no sabe que, cuando apaga su ventana del chat, yo apago la luz y dejo que mis manos hagan lo que sus manos jamás podrán hacerme desde tan lejos.
La lluvia golpeaba la ventana y la casa estaba en silencio. Tenía toda la tarde para mí, y por primera vez decidí dejar de imaginarlo para sentirlo de verdad.
Se imaginó a oscuras, con la bata abierta y unas manos desconocidas recorriéndola sin pedir permiso. Y por primera vez no quiso que pararan.
No la había visto nunca, no sabía su nombre, pero esa noche sus frases me tocaron más hondo de lo que nadie me había tocado en años. Y yo me dejé.
Había terminado todo el trabajo, no quedaba nadie en el piso y el calor me tenía inquieta. Esa tarde decidí jugar con fuego sobre el escritorio.
Nunca me había atrevido a verme mientras me tocaba. Esa tarde puse el teléfono frente a la cama, respiré hondo y aprendí algo nuevo sobre mi propio deseo.
Nunca pensé que un objeto tan tonto como un peine pudiera dejarme temblando, sola en mi cuarto, mordiéndome los labios para no gritar.
Pensé que sería una charla más para matar el aburrimiento. Pero cuando él empezó a escribir, cerré los ojos y dejé que sus palabras hicieran lo que ninguna mano había hecho en meses.
No había nadie en casa, ni un plan, ni una excusa. Solo yo, el sofá frente a la ventana y la idea peligrosa de dejarlo todo a la vista.
Creí que estaba solo en casa. Dejé la puerta del baño abierta, cerré los ojos y dije su nombre en voz alta sin imaginar que ella ya había vuelto.
Llevábamos toda la tarde encerrados en el cuarto y aun así él seguía despierto en el baño. La curiosidad pudo más que el sueño, y lo que vi me cambió.
Esperaba un solo juguete. Dentro de la caja había una colección entera, y Lucía supo que esa tarde, sola en el piso, nadie iba a interrumpirla.
La cerradura echada, la luz apagada y un solo dedo bastando para llevarme adonde ningún chico de mi edad supo llevarme jamás.
Marina apagó el televisor para dormir. Entonces empezaron los sonidos sobre su cabeza, y supo que esa noche no iba a pegar ojo por una razón muy distinta al cansancio.
Vi sus piernas cruzar el escenario y supe que no aguantaría la jornada entera. El deseo me llevó hasta la última puerta del baño, sola con mi propia urgencia.
Pensaban que dormía. Desde el pasillo escuché cada palabra, cada risa baja, cada cosa que decían sobre mí. Y en lugar de indignarme, me quedé quieta, escuchando.
La pared era delgada, mi cama crujía contra ella y, una mañana, encontré una nota deslizada bajo mi puerta. Alguien había estado escuchando todo.
Cerré los ojos para imaginar a un desconocido, pero cuando los abrí descubrí que media obra me observaba desde el andamio. Y no quise detenerme.