El pacto de andar descalza que él selló con su lengua
Tres años descalza, dos anillos en los dedos y la certeza de que al terminar el día él se arrodillará a lamer cada huella del camino que ella pisó.
Tres años descalza, dos anillos en los dedos y la certeza de que al terminar el día él se arrodillará a lamer cada huella del camino que ella pisó.
Había una sola condición que le pedí esa tarde, y cuando entró por la puerta supe, solo por cómo me miró, que esta vez había decidido obedecerme del todo.
Subí a ofrecerle ayuda como un buen vecino. Bajé convertido en algo muy distinto, arrodillado en su baño y obedeciendo cada palabra que salía de su boca.
Esa noche, mientras conducía de vuelta a casa, supe que detrás de su sonrisa pícara había una idea nueva. Y que no iba a poder sacármela de la cabeza.
Durante años acepté por complacer y luego corría al baño a escupir. Con él descubrí que la barrera que más me costaba derribar era también la que más placer escondía.
Empezó como un juego con disfraz y botas altas, pero terminó conmigo de rodillas a las tres de la madrugada, incapaz de saciar lo que él despertó en mí.
Le tapé los ojos un segundo, lo justo para encender la grabadora detrás de la almohada. Él nunca supo que esa noche quedó atrapado para siempre en una cinta roja.
Son las dos de la tarde, llevo horas acariciándolo y aún no le he dado permiso para correrse. Hoy mando yo, y él aprende a esperar.
La conocí con veinte años y la deseé en silencio más de una década. Cuando volvió a aparecer, supe que esta vez no me conformaría solo con mirarla.
Nunca había tocado una panza así sin el guante y la bata de por medio. Esta vez era la de Marisol, su cuñada, y no pudo fingir que solo buscaba las patadas de los gemelos.
Nadie imaginaría que esos tenis gigantes y ridículos guardan mis secretos. Esa noche en la carretera, con todos dormidos, me atreví por fin a lo que tanto fantaseaba.
Cada noche me pedía algo nuevo a través de las rejas de su ventana, y yo era incapaz de decirle que no, aunque eso significara hurgar en el cesto de la ropa sucia de mi propia madre.
Durante años fantaseé con servir a una mujer que me quisiera a sus pies. Renata no fingía dominar: lo hacía con una calma que me dejaba sin aire.
Su tanga olía a todo el día y no me resistí: subí a la cama dispuesto a probarla mientras dormía, sin saber que ella llevaba un rato esperándome despierta.
Elegí el lugar más cercano al agua, dejé caer el bikini y, antes de tumbarme, busqué con la mirada a quien no había podido apartar los ojos de mí.
Ninguno se atrevía a moverse, pero ella sabía que bastaba un gesto suyo para que la playa entera contuviera la respiración y el círculo dejara de ser solo arena.
La odiaba con todas mis fuerzas, y aun así, con su cuerpo atado sobre el mío y la mordaza ahogando sus insultos, mi cuerpo me traicionó de la peor manera.
Ninguna lo dijo en voz alta, pero ambas lo sabían: cada gesto bajo el sol era un desafío, una invitación que nadie en la playa logró ignorar esa tarde.
La regla había sido siempre la misma: su virginidad era intocable. Esta noche, frente a una sala de hombres ávidos, esa regla se rompería ante el mejor postor.
Me entrenaron para complacer y obedecer, pero esa puerta entreabierta despertó algo distinto: una chispa de desafío que ni las esposas frías contra mi piel lograron apagar.