Lo imaginé entero mientras me tocaba sola
Cerré la puerta del baño, dejé caer el uniforme al suelo y supe que esa tarde no iba a poder pensar en otra cosa que en sus manos.
Cerré la puerta del baño, dejé caer el uniforme al suelo y supe que esa tarde no iba a poder pensar en otra cosa que en sus manos.
Ningún hombre me hizo terminar. Lo descubrí tarde, después de años de manos ajenas y orgasmos fingidos: el único cuerpo que sabía exactamente qué quería el mío era el mío propio.
Me prometí no tocarme hasta llegar a casa, pero entre el trabajo, el gimnasio y un desconocido demasiado guapo, mi cuerpo tenía otros planes.
El médico me mandó dos meses de reposo lejos de todo. Nunca imaginé que el descanso terminaría con mi hija desnudándose despacio frente a mí.
Subí furioso a regañarla por el ruido, pero cuando abrí la puerta y la vi así, fui yo quien se quedó sin palabras y sin voluntad.
Llegué a casa y ella se me echó al cuello delante de todos. Nadie sospechaba que ese beso en la mejilla escondía las ganas que llevábamos guardando toda la semana.
Con la casa para nosotros solos y él de espaldas entre los rosales, supe que esa tarde no me conformaría con seguir mirándolo desde la ventana.
Su padre la observaba desde el borde del agua y, por primera vez, ella se preguntó qué se escondía detrás de esa mirada que la seguía en cada brazada.
Cuando la vi bajar por el portal a las seis de la mañana, con la maleta más grande que ella, entendí que ese verano no iba a parecerse a ningún otro.
Se asomó a la barandilla para ver desaparecer el coche de mi tío, y yo me acerqué descalzo por detrás. Llevaba años mirándola así. Esa mañana dejé de solo mirar.
En cuanto el ascensor se cierra, mi hermana me besa como si llevara toda la semana esperándolo. Y la verdad es que los dos lo hacíamos.
Habían pasado ocho años desde la última vez que la vi. Volvió convertida en una mujer y con una sola idea en la cabeza: provocarme hasta que yo cediera.
La hija perfecta de día, la amante de mi propia madre de noche. Aprendí a fingir frente a todos, hasta que mi hermana volvió y tuve que elegir entre las dos.
Cuando el avión tembló y ella cayó de golpe sobre mí, sentí sus caderas apretarse contra mi cuerpo. Ninguno de los dos dijo nada, pero algo había cambiado.
Crecí escuchándola a través de la pared, odiando a cada hombre que pasaba por su cama. Esa madrugada, con la casa en silencio y la selección en la tele, fue ella quien acortó la distancia.
Pensé que serían unas fotos más a cambio de unos dólares. Pero cuando me puse en cuatro frente a la cámara, supe que esta noche el deseo iba a ser solo mío.
Esa primera semana bajo su techo lo cambió todo: un abrazo demasiado largo, una copa de más y la certeza de que ella sentía lo mismo que yo callaba.
Desde que volví a su vida, cada ducha era nuestro ritual. Pero esa tarde le ofrecí algo que ninguna madre debería ofrecer, y él no dudó.
Mi amigo no le quitaba los ojos de encima. Yo fingía molestarme, pero lo cierto es que entendía perfectamente lo que él sentía al mirarla.
La acorralé en el sofá entre risas de borrachera y, cuando mis dedos se colaron bajo su pijama de gatitos, la mujer de hielo por fin se rindió.