La desconocida del bar despertó lo que yo callaba
Llevaba años imaginándolo en silencio, sin contárselo a nadie. Esa noche, en la barra de un hotel ajeno, una desconocida decidió por mí.
Llevaba años imaginándolo en silencio, sin contárselo a nadie. Esa noche, en la barra de un hotel ajeno, una desconocida decidió por mí.
Yo seguía desnuda sobre la cama cuando la puerta se abrió, y por un segundo ninguno de los dos supo qué hacer con lo que el otro acababa de ver.
Cuando el sol empezó a caer, ninguna de las dos mujeres mandaba con palabras: bastaba una mirada para que cada mano supiera dónde debía posarse.
Llevaba media vida deseando a aquel hombre que le doblaba la edad. Esa tarde cerró la persiana, apagó las luces del local y decidió que ya no quería esperar más.
Cuando bajé la mano para tocarme, lo que encontré entre mis piernas no era lo que me había acostado a dormir. Y lo peor fue que no quise apartarla.
Cuatro manos la alzaron sobre la arena mientras el círculo entero contenía la respiración, esperando ver hasta dónde se atrevería a llegar esa tarde.
Cerré la puerta con llave y fue como apretar un interruptor: por primera vez iba a desnudarme frente a la cámara para que alguien, del otro lado, me deseara.
Reservé dos entradas para una sala casi vacía y le regalé una a una desconocida que me leía. No sabía si vendría, hasta que la vi buscar su asiento en la penumbra.
Tomé la primera salida de la autopista sin pensarlo. Lo que ella acababa de contarme no me dejaba conducir, y todavía no le había confesado lo que de verdad quería.
Llevábamos dos horas bebiendo cuando le solté, medio en broma, lo que llevaba años imaginando. Él se rio. Yo no.
Iba ligera de ropa, vestida apenas, cuando algo enorme y húmedo se desprendió de entre la maleza y me sujetó los brazos antes de que pudiera gritar.
Cuando vi su foto, supe que esa noche no dormiría: la desnudé con la mente y dejé que mi imaginación cruzara los kilómetros que el cuerpo no podía.
Faltaba poco para cerrar cuando sonó la campanilla. Entraron él y ella, pidieron encaje negro y, sin saberlo, me ofrecieron la tarde que llevaba meses fantaseando a solas.
Sé que no debería, pero cada vez que camino sola de madrugada lo busco con la mirada: ese desconocido que me arrincone contra la pared y no me pida permiso.
Cruzó medio reino por una reliquia legendaria; lo que no esperaba era arrodillarse ante quienes la custodiaban, ni desearlo con cada fibra de su cuerpo.
«Vivo en el interior del lago», le dijo ella sin pestañear. Damián la tomó por una excéntrica y la siguió igual. Lo que halló en el fondo no era ningún cielo.
Esa noche bajé por un vaso de agua y él estaba despierto en el sillón. Lo que pasó después en mi cama, con mi padrastro respirando del otro lado de la puerta, todavía me quema.
Seguí un rastro de sangre hasta un claro donde algo me esperaba colgado entre los árboles. No imaginé que la criatura del bosque me elegiría a mí como su presa.
Nadó hacia mí sin dejar de mirarme y, en el agua tibia del atardecer, comprendí que aquello que sentíamos de chicos nunca se había ido del todo.
Aferrada al pasamanos del vagón, lo único que podía hacer era mirarlo de reojo e imaginar todo lo que nunca pasaría entre nosotros.