El amigo de mi pareja nos miró toda la noche
Lo vi mirarme el reflejo en el espejo del ascensor y algo se encendió. Esa noche supe que no solo quería que me mirara: quería que viera absolutamente todo.
Lo vi mirarme el reflejo en el espejo del ascensor y algo se encendió. Esa noche supe que no solo quería que me mirara: quería que viera absolutamente todo.
Soy tímida con casi todo el mundo, menos con mi marido. Por eso me sorprendió tanto desear a esa desconocida que se sentó frente a mí, como si llevara meses esperándola.
Esperaba un esposo enclenque al que despreciar. Cuando el rey se inclinó a besarle la mano, la punta de su lengua le rozó la piel y supo que se había equivocado.
Llegó a la guarida convertido en poco más que un esqueleto encadenado. La loba prometió enseñarle lo que significaba servirle... y él aprendió mejor de lo que ella esperaba.
Apenas le llegaba a la altura del codo cuando me tomó de la mano. En seis minutos descubrí que mi cuerpo no entendía de las reglas que yo misma me había impuesto.
Estaba en su silla, ajeno a todo, con los auriculares puestos. Y yo, en su cama, con una idea tonta que esa tarde por fin me atreví a llevar a cabo.
Cuando la ventana del desván cedió ante el viento, ya no vio a la sirvienta que servía su café: vio a la mujer empapada que sostenía su mundo entero.
Llega a las diez y media, se apoya en la marquesina y cruza las piernas. Ella no lo sabe, pero en mi cabeza ya hemos hecho todo lo que jamás nos atreveríamos.
Mi amiga creyó que veníamos a tomar el aire. Yo ya había elegido a mi presa: el moreno que jugaba con su hijo a diez metros de nosotras.
Sabía lo que habían pactado, pero ninguna palabra la preparó para lo que sentiría cuando cruzó esa puerta y la sala se cerró detrás de ella.
Llevaba horas buscando una chispa en miradas ajenas y no encontraba nada. Hasta que me decidí a cruzar el salón y poner el juego entero en sus manos.
Antes lo escondía todo. Esa noche entré a la sala sin ropa interior, con la falda corta y la certeza de que alguien iba a mirar. Y yo quería que mirara.
Cuando el tren se fue sin mí, creí que la noche estaba perdida. Entonces lo vi al otro lado del andén, inmóvil, mirándome como si me esperara desde siempre.
La bata de papel apenas me cubría. Cuando sus manos calientes bajaron por mi espalda, supe que aquella sesión no iba a terminar como yo había imaginado.
Tres horas bajo el sol, empapado de sudor, y desde la sombra del árbol vio algo en la terraza que lo dejó sin aire: ellos sabían que los miraba.
Entré al baño con la tanga puesta y salí con ella enredada en el pelo. No imaginaba que la fila para entrar a la sala sería la parte más larga de la noche.
—No tienes que creer que puedes —le dijo al oído—. Yo sí lo creo. Tu único trabajo de esta noche es rendirte y dejar que tu cuerpo obedezca.
Le serví un té para que se relajara, pero supe que el trabajo no era lo único que lo tenía tenso. Y esa noche decidí hacer algo al respecto.
Me puse la minifalda más corta solo para ver si conseguía ponerlo nervioso. No imaginé que esa misma noche él volvería a aparecer, esta vez dentro de mi cabeza.
La amiga de su mujer abrió las piernas frente a él, sonriendo, solo para mostrarle aquello que esa noche jamás iba a tocar.