Dos tangas, una piscina y la mujer que ambos deseaban
Lorena abrió la maleta para ayudarla a guardar la ropa y encontró los juguetes. Su nueva cocinera la observaba desde la puerta, sin una pizca de vergüenza.
Lorena abrió la maleta para ayudarla a guardar la ropa y encontró los juguetes. Su nueva cocinera la observaba desde la puerta, sin una pizca de vergüenza.
Publiqué un anuncio buscando a dos caballeros discretos. Cuando abrí la puerta de la suite y los vi a los dos esperándome, supe que aquella noche no habría límites.
Oía sus gemidos a través de la pared y me quedaba quieta, imaginando. No sabía que esa curiosidad terminaría conmigo entre los dos.
Crecimos juntos, estudiamos juntos y nos guardamos el mismo secreto durante años. La noche del entierro de sus padres, por fin lo dijimos todo en voz alta.
Llevábamos meses citándolo en casa después de cada cena. Esta vez quisimos más: dos días encerrados con él, sin reloj, sin vecinos, sin freno.
Me dijo que era libre de irme cuando pagara mi deuda. No había cadenas en aquella puerta, y aun así mis pies no se movieron del sitio.
Tenía veinte años y creía conocer mis deseos, hasta que mi suegra abrió aquel álbum y me mostró quién había sido. Esa noche apagué la luz y lo entendí todo.
Cinco minutos atrapada entre la pared y un hombre de trono que olía a romero y madera. No sabía su nombre, pero supe que esa noche volvería a buscarlo.
Llevaba años convenciéndose de que el deseo era cosa del pasado, hasta que aceptó una invitación que no debía aceptar y unas manos desconocidas le recordaron quién era.
Llevaba un mes sabiendo que la quería más de lo que un amigo debería. Cuando ella le abrió la puerta del piso, entendió que ya no podría seguir fingiendo.
Nadie me había enseñado a desearme. Esa mañana, con la casa vacía y la luz entrando por la ventana, decidí enseñarme yo misma.
Ella se levantó enfadada porque él miraba el fútbol y ni la notaba. No sabía que ese golpe contra la mesa iba a encender toda la tarde.
Llevaba todo el día imaginando el momento exacto en que la llave girara en la cerradura. No pensaba decirle nada: solo dejar que me encontrara así, esperándolo.
Las maletas aún sin deshacer y, bajo una de las camas, un montón de revistas viejas que ninguno de los tres hermanos consiguió dejar de mirar esa tarde de calor.
Llegué sin nada debajo del vestido y con un secreto guardado en el bolso. Esa noche no quería que me hiciera el amor: quería usarlo a mi manera.
Cuando el aire fresco me golpeó la piel desnuda entendí que no estábamos en la habitación: me había sacado al jardín, atada y a oscuras, y cualquiera podría haberme visto.
Habíamos pasado meses inventando excusas para no quedarnos solos. Esa madrugada se nos acabaron las excusas, y la cocina dejó de ser solo una cocina.
Subí a su piso a las nueve con la excusa de un proyecto a medias. Ninguno de los dos quería hablar de trabajo, y los dos lo sabíamos desde que abrió la puerta.
Ninguno de los dos buscaba nada esa noche. Pero cuando sus miradas se cruzaron sobre la barra, los dos supieron que no iban a dormir solos.
Subí a su rellano con unos vaqueros que marcaban todo y el corazón en la garganta. Nadie abrió. Cuando me rendí, las puertas del ascensor se abrieron y ahí estaba él.