La fantasía con otra mujer que nunca me animé a cumplir
Me imagino una mujer parecida a mí: misma piel suave, misma boca. Nos acariciamos despacio hasta que ya no hay vuelta atrás y por fin cumplo lo que tantas noches soñé sola.
Me imagino una mujer parecida a mí: misma piel suave, misma boca. Nos acariciamos despacio hasta que ya no hay vuelta atrás y por fin cumplo lo que tantas noches soñé sola.
Llevaba casi un año sola en aquel pueblo perdido. Hasta que dos amigas más jóvenes la invitaron a vino, pizza y confesiones que lo cambiaron todo.
Llevaba cuarenta años soñando con una mañana libre y vacía. Lo que no entraba en mis planes era empezar ese lunes viendo al vecino en pelotas y notar que se me cortaba la respiración.
Volví a verlo en el pasillo de los vinos y el estómago me dio un vuelco. Treinta años sin saber de él y, de pronto, una invitación al bar lo cambiaba todo.
Mi mujer ya había elegido a su próxima conquista. Lo que ninguno imaginaba era que el desenlace empezaría conmigo, a solas con él, bajo el agua caliente del vestuario.
Conduje dos horas hasta una casa de piedra en mitad de la nada. No sabía que esa noche dejaría de ser un simple invitado para convertirme en su fantasía.
No había olas, ni brisa, ni una sola razón para moverse de la toalla. Hasta que ella se incorporó, los miró a los dos y dijo lo que ninguno se atrevía a pensar en voz alta.
Llegué con dos botellas de champán para romper el hielo, pero fue Marina quien tomó el control desde el primer beso y dejó claro que esa noche mandaba ella.
Conduje hacia el barranco decidido a terminar con todo. Lo que encontré en el agua helada de la laguna me devolvió las ganas de vivir, y algo que jamás imaginé.
Esa noche junto a la piscina creí que solo me esperaba un baile. No imaginé que Marina llevaba diez años guardando una promesa que iba a arrastrarnos a los dos.
Llevaba veinte horas de viaje y un solo pensamiento: volver a sus brazos. No imaginé que ese reencuentro me obligaría a cruzar una línea que juré nunca cruzar.
Llevaba ocho meses limpiando esa casa enorme. Nunca imaginé lo que ese matrimonio escondía detrás de la fila de zapatos, ni hasta dónde llegaría yo por la matrícula.
Mi mujer siempre fantaseaba con que otro la tuviera delante de mí. Aquella tarde, en una parada solitaria de la autovía, un extraño pidió fuego y todo dejó de ser un juego.
A esa hora todos parecíamos más hermosos, y nadie quería irse a su casa. Mila abrió la puerta de su cuarto y ninguno imaginó cómo terminaría la madrugada.
Volví del hospital al borde del colapso y los encontré a los dos en la cama. No quería dormir: quería sentirme viva, y esa noche decidí lo que cambiaría a nuestra familia para siempre.
Apenas cerramos la puerta nos buscamos con urgencia. Entonces él me preguntó al oído si me imaginaba a las dos juntas, y todo cambió esa noche.
Eran las once y media de la noche cuando Daniela asomó al pasillo y me pidió ayuda con el fuego. Yo llevaba toda la tarde pensando en lo que escondían sus maletas.
Soy la hotwife de Tomás y él adora verme brillar. Entre murallas coloniales y salsa, un socio extranjero entró en nuestro juego, y yo me dejé llevar.
Le puse la venda con cuidado y le pedí que solo sintiera. No sabía que detrás de la cortina había alguien más esperando su turno.
Sebastián llegaba tarde esa noche, así que Valeria y Mateo cenaron solos. Entre el vino y el silencio, los dos confesaron algo que ninguno sabía cómo nombrar todavía.