La reunión secreta a la que me llevó mi amigo
Cuando abrí la mochila que me entregó en el lobby de aquel hotel de mala muerte, entendí que la reunión no era lo que yo había imaginado. Y ya era tarde para echarme atrás.
Cuando abrí la mochila que me entregó en el lobby de aquel hotel de mala muerte, entendí que la reunión no era lo que yo había imaginado. Y ya era tarde para echarme atrás.
Cuando me tocó el último reto de la noche, supe que podía decir que no. Lo que nadie esperaba era que dijera que sí con esa sonrisa en los labios.
Volvía a confesarse cada semana por el mismo motivo, y callaba siempre la parte más importante: que el hombre al otro lado de la rejilla era el dueño de todos sus pecados.
Apenas solté amarras supe que aquella tarde no terminaría con un simple paseo: ella ya me miraba distinto, con esa media sonrisa que prometía mucho más.
Llevo meses repitiendo la misma escena en mi cabeza durante el trayecto de vuelta. Hoy, cuando el asiento de al lado se ocupó, casi se me corta la respiración.
Salí en bicicleta sin ropa interior, con el celular vibrando de mensajes que no debí abrir. El camino estaba vacío, pero yo me sentía observada por todos.
Llegué a casa, lancé los tacones por el aire y dejé que mi imaginación hiciera lo que jamás me atrevería a hacer en la oficina.
Hay un baño que nadie usa al fondo del aparcamiento. Llevo días imaginándote ahí, contra el espejo, mientras te describo en voz baja todo lo que pienso hacerte.
El local estaba cerrado y tenía toda la mañana libre. El conductor lo notó antes que ella, y esa sonrisa en el espejo le hizo pensar cosas que no debía.
Compartíamos pasillo, ascensor y cafetera, pero nunca una palabra de verdad. Solo lo que cada uno imaginaba cuando el otro le daba la espalda.
Bajé descalza a la capilla a medianoche para pedir perdón por mis sueños. No imaginé que algo me esperaba enroscado entre las sombras, listo para enseñarme lo que mi cuerpo callaba.
Tropecé con la raíz y, antes de levantarme, ella ya estaba sobre mí. Su piel fría rozó la mía y supe que esa noche no iba a salir del bosque siendo el mismo.
No buscaba amor ni compañía. Buscaba que la miraran, que la desearan, que la imaginaran desnuda bajo el vestido. Esa noche decidió ser puro fuego.
Convencido de que una criatura le había robado la fortuna, Damián la ató a la pata de su mesa. Lo que no esperaba era que ella le ofreciera saldar la deuda con su cuerpo.
Bastaba con poner cierto tono de voz y mi hijo soltaba el mando, mi mujer se desnudaba. Tardé dos semanas en entender qué hacer con algo así.
Abrió la puerta sin mirar por la mirilla y reconoció esa sonrisa de mil pantallas. Su vecina era ella. Y acababa de pedirle un favor de lo más inocente.
Llegó al claro buscando silencio y encontró antorchas, cuerpos desnudos y decenas de máscaras de ciervo que la esperaban como si siempre hubieran sabido que esa noche volvería.
Eran las tres de la mañana, la casa en silencio, y yo con el teléfono pegado al pecho esperando que esa voz sin cuerpo me dijera, por fin, todo lo que llevaba semanas imaginando.
Nadie le creyó que la bestia existía. Por eso volvió al monte a buscarla, aunque eso significara perderse para siempre en la nieve y en sus garras.
Le di dos besos delante de su madre y, sin que nadie lo notara, decidí seguirle el juego hasta donde ninguno de los dos pensaba llegar esa mañana.