La fantasía que cumplí con un desconocido en la sauna
El vapor borraba los rostros y los nombres. Solo quedaba el calor, su mirada fija en la mía y la certeza de que ninguno de los dos iba a detenerse.
El vapor borraba los rostros y los nombres. Solo quedaba el calor, su mirada fija en la mía y la certeza de que ninguno de los dos iba a detenerse.
Apoyé las manos en la pared fría, respiré hondo y entendí que al otro lado alguien esperaba el permiso invisible para empezar a tocarme.
Teníamos un pacto y una sola palabra para frenarlo todo. Pero mientras dormía boca abajo, supe que esa mañana no iba a pronunciarla.
Llevábamos años rozándonos las manos sin decir nada. Esa madrugada, en mi salón a media luz, las miradas dejaron de bastar y nadie quiso volver a fingir.
La vi entre cientos de personas y supe que iba a buscarla. Lo que pasó después, junto al mar, fue el sueño más vívido que he tenido jamás.
Estábamos solos en la montaña, o eso creía, hasta que sentí unos ojos clavados en nosotros desde la cabaña de al lado y no quise que pararan.
Desde la muerte de Tomás abracé mi lujuria sin freno, pero el paquete envuelto en terciopelo negro que llegó esa noche escondía algo que mis fantasías nunca imaginaron.
Llevaba tres semanas tragando polvo y soledad cuando el conductor me miró fijo, sin sonreír, y dijo: «Ven, mi casa». No era una invitación: era una orden, y lo seguí.
Esa noche cumpliría por primera vez el ritual: desnuda, atada al potro, con un guerrero veterano dispuesto a arrancarle el placer que pertenecía a la diosa.
Le dieron cuerda a un reloj antiguo y, al amanecer, su cuerpo ya no era el suyo. Una semana de placer robado con un precio que solo se cobra en la última noche.
Cuando entré al café y lo reconocí, supe que aquella sesión de fotos no iba a quedarse solo en fotos. Su mirada ya me había desnudado antes de que yo dijera una palabra.
Dejé el picardías colgado a la vista en el baño, calculé cada gesto y esperé a ver hasta dónde se atrevía a llegar el chico del cuarto B.
Eran las dos de la mañana, quedábamos solos en el piso 25 y ella tenía la espalda agarrotada. Lo que empezó como un favor terminó siendo otra cosa.
Bastó que se acercara demasiado para que el calor que llevábamos meses negando nos delatara a los dos. Esa noche ya no hubo forma de seguir disimulando.
Esa noche de brujas no esperaba compañía. Pero algo frío se materializó a los pies de su cama y susurró su nombre como si lo conociera de toda la muerte.
Si pedíamos cerveza, nos despedíamos. Si pedíamos vino, nos quedábamos. Nunca imaginé hasta dónde nos llevaría esa copa que ella eligió sin dudar.
Entramos a la ducha solo para quitarnos el cansancio del día. Salimos de ahí con una idea muy distinta en la cabeza y un reto que ninguno pensaba perder.
Tomás me regaló un masaje, pero no me contó que él aprendería a darlo junto a la masajista. Lo que pasó en esa sala superó cualquier cosa que hubiéramos fantaseado.
«Sabía que vendrías hoy», dijo ella, y entonces él entendió que aquel reencuentro casual no tenía nada de casual.
Confesar cuántas parejas habíamos tenido fue solo el principio. Lo que ella propuso esa noche, con mi sabor todavía en su boca, no se parecía a nada hablado antes.