Lo que hice mientras mi marido dormía
Llevábamos meses sin tocarnos de verdad. Esa madrugada levanté la sábana solo para mirarlo, y lo que empezó como pura curiosidad terminó devolviéndome algo que creía perdido.
Llevábamos meses sin tocarnos de verdad. Esa madrugada levanté la sábana solo para mirarlo, y lo que empezó como pura curiosidad terminó devolviéndome algo que creía perdido.
Acordamos que quien llegara primero esperaría en el coche. Llegué yo. Quince minutos después, dos golpecitos en el cristal despertaron todos los nervios que creía controlados.
Reservó un chalet con piscina y cincuenta rosas. Lo que no esperaba era lo que él había escrito en los cincuenta papeles que ella misma le entregó.
No había bragas, ni zapatos, ni película a medias. Solo el vestido que ella estuvo a punto de descartar y la mirada con la que él la esperaba en la penumbra.
Seis meses cuidando cada prenda que ella tendía conmigo, sin decir nada. Hasta que entendí que aquellos encajes eran un mensaje que llevaba semanas sin atreverse a decir.
Vistió encaje rojo y me miró como si hubiera estado guardando ese instante durante años. Yo también lo había esperado, sin saber que esa noche no terminaría hasta el amanecer.
Habían pasado dos años. Entró con su sobrino de la mano, se sentó a tres mesas de la mía y, sin decir una palabra, empezó a recordarme todo lo que fuimos.
Él nunca me adornó el amor con frases bonitas. Me lo demostró eligiendo estar ahí, mirándome como quien estudia una obra de arte, y diciéndome la verdad sin rodeos.
Fuimos amantes una primavera y lo dejamos a medias. El otoño nos volvió a juntar en el mismo sendero, justo cuando el cielo empezaba a romperse.
Siempre digo que soy tímida, pero la verdad es que nada me calienta más que la posibilidad de que alguien abra la puerta en el peor momento.
Le dije que sí porque me excitaba más que a ella. Lo que no calculé fue quedarme dormido justo cuando empezaba lo bueno.
Solo quería que me diera un poco de su helado. Lo que pasó después, sobre el sofá y luego en el suelo, todavía me hace sonreír cada vez que abro el congelador.
Damián entró sin tocar, se dejó caer sobre mi cama y apoyó la cabeza en mi vientre. Hacía semanas que aparecía así, como si mi cuarto fuera el único lugar donde podía bajar la guardia.
Llevaba ocho años de matrimonio cómodo y vacío cuando aquel hombre le sonrió entre las góndolas. No imaginó que esa sonrisa la dejaría sin marido, sin amante y, por fin, frente a sí misma.
Salí en camisón a ayudarlo sin pensar en cómo iba vestida. Cuando lo metimos en la ducha y nos quedamos solos en el salón, entendí que esa noche no íbamos a dormir.
No quería caricias ni promesas. Solo quería que me partiera en dos, y se lo dije a la cara apoyada en el capó de aquel coche.
Era la última persona que esperaba ver esa tarde. Abrí la puerta medio dormida y, al verlo ahí parado con esa sonrisa de medio lado, se me secó la boca.
Me descalzo nada más entrar, todavía con el sabor de sus órdenes en la boca. Antes de desnudarme escribo el mensaje de siempre: «Ya en casa, Amo».
Llevaba meses imaginándolo en silencio. Esa noche, después de la cena, decidió que ya no quería seguir guardándoselo solo para sus sueños.
Bianca llevaba siete años acostumbrada a no sentirse deseada. Esa noche, en una cama ajena, descubrió que su cuerpo podía ser el centro de todo.