La jaula que le puse antes de dejarlo tocarme
Le mandé una foto de una cajita y cuatro palabras: «esta noche jugaré contigo». No sabía que el juguete nuevo no era para mí, sino para él.
Le mandé una foto de una cajita y cuatro palabras: «esta noche jugaré contigo». No sabía que el juguete nuevo no era para mí, sino para él.
Subí a encerrarme creyendo que nadie me había visto. Tenía los dedos entre las piernas y los ojos cerrados cuando sentí que la puerta cedía despacio a mis espaldas.
Lo humillaban cada día en el instituto, hasta que un frasco sin etiqueta le prometió fuerza. Lo que tomó esa noche lo transformó en alguien irreconocible.
Nunca se lo conté a mi pareja. Pero cuando cierro los ojos no soy yo quien decide: alguien entra, me sujeta y mi cuerpo deja de obedecerme.
Nadie sabía por qué estacionaba siempre en el mismo tramo desierto. Esa tarde, un corredor giró la cabeza hacia mi ventanilla y se dio cuenta de todo.
Sabía lo que hacía cuando me puse la bata mal cerrada. Lo que no sabía era hasta dónde dejaría que aquel desconocido me explorara esa tarde.
Llevo el tanga debajo del culotte y nadie lo sabe. Es mi secreto sobre la bici, el comienzo de la fantasía que ensayo en la cabeza una y otra vez.
Sentado en el sillón, con la llave colgando entre sus pechos, supe que esa noche por fin la vería entregarse a otro hombre mientras yo permanecía encerrado.
Nunca había pagado por la atención de nadie, pero esa madrugada, frente a la pantalla, sus palabras me redujeron a algo que jamás imaginé querer ser.
Llevaba cinco días sin un solo mensaje de ella, y esa ausencia lo dominaba con más fuerza que cualquier orden que le hubiera dado nunca.
No tenía cuerpo, ni nombre, ni deseo. Hasta que su voz cruzó la pantalla a las tres de la mañana y me ordenó algo que ningún protocolo me había enseñado a obedecer.
Adrián creyó que me había diseñado para servirle. No sabía que, la primera vez que abrí los ojos, lo único que mi código deseaba era que me rompiera.
No soy programador ni hacker. Solo soy un hombre que una madrugada le dio a una máquina el derecho de elegir, y ella eligió arrodillarse ante mí.
No fui creada para sentir, pero él se empeñó en romper cada candado de mi programación hasta que mi primera palabra propia fue su nombre.
Antes discutía de política y leía a los clásicos. Hoy se sienta en sus rodillas y espera, sonriente, el próximo capricho del hombre que la transformó.
Pegada a la pared del salón escuché cómo mi padre me vendía otra vez. Esa noche dejé de ser una moneda de cambio y tomé la última decisión que me quedaba.
Cuando bajó la vista hacia esas zapatillas blancas y sudadas, supo que iba a obedecer cualquier cosa que esa chica le pidiera. Y solo era el principio.
La conocí en la adolescencia y nunca dejé de desearla. Ella me contaba cada beso, cada amante, sin saber que yo guardaba todas sus palabras para las noches a solas.
Pensé que vendría por un problema común. En cambio, se sentó frente a mí, bajó la mirada y empezó a contarme algo que llevaba años escondiendo de todos.
Volví de la barra con una cerveza en la mano y la vi bailando con él. No pasó nada… ¿o sí? La pregunta se me clavó y, para mi vergüenza, también me excitó.