Lo que callé de mi trabajo de verano en las cuadras
Bajé la guardia en cuanto cruzó la puerta de la cuadra. No vine a buscar nada de eso, pero su voz me ordenó arrodillarme y ya no supe decir que no.
Bajé la guardia en cuanto cruzó la puerta de la cuadra. No vine a buscar nada de eso, pero su voz me ordenó arrodillarme y ya no supe decir que no.
La primera vez que la oí al otro lado del tabique me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, fingiendo que dormía mientras ella creía estar completamente sola.
Reconocí el cesto de ropa que no era el mío y, antes de pensarlo, ya tenía la mano hundida en sus prendas. Lo que pasó después me cambió por dentro.
Lo escuché por teléfono decir «esta vieja ya está lista». Tendría que haberme ofendido. En lugar de eso, sentí que me mojaba entera contra la barra.
Encontré sus braguitas en el suelo del pasillo, con una nota encima. A partir de esa noche, los dos jugamos a un juego del que ninguno quería salir.
Empezó con un mensaje sobre un relato mío. Terminó conmigo en la cama, a oscuras, obedeciendo cada cosa que ella escribía desde el otro lado de la pantalla.
No miento sobre mi edad ni sobre el gimnasio, pero en ese sillón reclinado todo eso deja de importar. Solo queda la presión suave de su cuerpo contra el mío.
Nunca lo he hecho, pero conozco cada detalle: el café, el ascensor, sus manos. Esta es la fantasía que se repite y que nunca me animo a contar en voz alta.
Aquel jueves no tenía clases y la mañana era mía. Abrí el agua, cerré los ojos y me dejé llevar... sin imaginar que unas botas aparecerían en la ventana.
Sabía que él me deseaba desde hacía meses, y yo no iba a parar hasta tenerlo en mi cama. Lo que no calculé fue quién nos descubriría después.
Nunca había olido el deseo de otra mujer hasta esa tarde, de pie en el pasillo, con la prenda empapada de mi compañera entre las manos y el pulso desbocado.
Estoy desnuda mientras escribo esto. Y quiero que sepas exactamente lo que pasa por mi cabeza cuando cierro la puerta y nadie puede oírme.
Volví por Bryan, pero fue Andrés quien me detuvo en plena calle, me agarró con descaro y me citó al día siguiente. Yo ya sabía lo que iba a pasar y no hice nada por evitarlo.
Entré al baño por error y lo encontré bajo el agua. Desde esa tarde, cada noche que estoy sola vuelvo a esa imagen y no logro sacármela de la cabeza.
Estaba furiosa, temblando, con una botella casi vacía a mi lado. Marqué su número a las tres de la madrugada solo para escucharlo respirar al otro lado de la línea.
Me había acostumbrado a que me miraran, pero aquella tarde, sola en la cascada, decidí que esta vez no iba a taparme cuando lo descubriera escondido entre los árboles.
La vi por primera vez animando desde las gradas, con el pelo mojado y esa risa fácil. Diez días después, detrás del frontón, me enseñó algo que nunca olvidé.
Llevaba meses imaginándolo y no me atrevía a admitirlo. Esa tarde, una conversación cualquiera bastó para que todo se saliera de control.
Dije que tenía mal de amor solo para que alguien me mirara. No esperaba que dos desconocidos se tomaran mi cura tan en serio… ni que yo se los permitiera.
Cada vez que se acariciaba, de su cuerpo brotaban estrellas líquidas y flores nuevas. Esa noche los eones se cumplían y ella estaba a punto de arder como jamás.