El vecino nos miraba desde su azotea
La ventana de nuestra habitación daba justo a su azotea. Aquella noche entendí que la idea de que nos mirara me excitaba más de lo que jamás admitiría.
La ventana de nuestra habitación daba justo a su azotea. Aquella noche entendí que la idea de que nos mirara me excitaba más de lo que jamás admitiría.
Habíamos quedado para repasar los finales, pero a las seis los libros ya estaban cerrados y nadie se quería ir. Lo que vino después todavía me acelera el pulso.
Me bajó los pantalones en mitad del sendero, sin una palabra, y entendí que aquella tarde mi cuerpo no me pertenecía a mí, sino a ella.
Abrí la cortina lo justo para confirmar mi sospecha: él estaba afuera, con la mano metida en el pantalón, esperando ver algo que no debería haber visto.
A los dieciocho entré a Medicina con el mejor puntaje del país. A los veinticuatro todavía no sabía lo que era correrme. Esta es mi historia.
Aquella tarde, con la casa en silencio, un roce accidental me reveló un lenguaje que mi cuerpo hablaba y que yo todavía no sabía leer.
Cuando metió la mano bajo mi mesa, supe que esa mañana no iba a resolver ni una sola incidencia. Solo podía pensar en ella y en lo que acababa de dejarme.
Volví a casa a las seis de la mañana con su perfume pegado al cuerpo y las nalgas todavía rojas. Mi esposa me esperaba despierta, sonriendo, sin sospechar nada.
Él repetía que estaba mal, que no debía tocarme. Pero su mano ya buscaba mi cintura y los dos sabíamos que nada iba a detenernos esos cinco días.
Llevábamos tres años respetando una sola regla entre socios. Esa noche fría, con su vestido verde y el despacho a oscuras, supimos que íbamos a romperla.
Era la mujer de su padre, pero esa madrugada, sentada en la arena y pegada a su pecho, dejé de saber dónde terminaba el cariño y empezaba otra cosa.
Acepté subir a un cuarto con doce colchonetas en el suelo, sin imaginar que esa mañana no me marcharía con un solo hombre marcado en la piel.
Me había mentido en todo: su nombre, su trabajo, la razón por la que se acercó a mí. Lo único cierto fue cómo temblaba cuando volví a tocarla.
No le até las manos para inmovilizarla. Se las até para que entendiera, antes de que pasara nada, que esa noche su cuerpo había dejado de ser suyo.
Llevo treinta años fingiendo ser la mujer recatada que mi marido cree haber liberado. Lo que él no sabe es que en este crucero soy yo quien mueve los hilos.
Acepté el reto sin pensarlo: besar cinco segundos a quien tuviera a mi derecha. Y a mi derecha estaba ella, la mujer que llevaba un año fingiendo no desearme.
«Quiero que le des lo que mi madre nunca tuvo», me dijo con una sonrisa. Y yo, que ya había visto a esa mujer madura, supe que no iba a decir que no.
La última noche antes de volverse mortal, se acurrucó entre sus dos madres divinas sabiendo que al amanecer tendría que sepultar todo lo que era bajo capas de tela común.
Cuando abrí la puerta esperaba una bolsa de papel y un «buenos días». No esperaba que se quedara mirando hacia adentro y me preguntara, en voz baja, si vivía solo.
Llevaba casi dos años sin tocar a nadie cuando la vi bajar del minibús con esa sonrisa. Me prometí que, antes de volar de regreso, esa boca iba a ser mía.