El pendrive que mi mujer dejó junto al lavabo
Un post-it amarillo sobre la cajita decía una sola palabra: «Ponme». Eran las dos de la madrugada y la curiosidad pudo más que el cansancio acumulado de la noche.
Un post-it amarillo sobre la cajita decía una sola palabra: «Ponme». Eran las dos de la madrugada y la curiosidad pudo más que el cansancio acumulado de la noche.
Nunca había sentido tanto con un simple roce de caderas. Cuando ella se acomodó detrás de mí en el camión lleno, supe que ese viaje no terminaría como los demás.
Llevaba quince años viuda y dormida para el sexo. Entonces aquel hombre, casi veinte años menor, me miró los labios y supe que la mañana no terminaría en los apuntes.
Bajó la cremallera de su vestido frente al espejo de la entrada y, al verse rodeada por sus brazos, supo que ya no habría forma de volver atrás esa noche.
Bajó del plano del placer a un piso de Ruzafa y, en cuanto el deseo de la calle rozó su piel, supo que ni la ropa más holgada podría contener lo que era.
Le pedí que se vistiera para provocar y, al cuarto día, volvió a casa con la voz temblando y una historia que no podía contarme con la ropa puesta.
Aprendí muy temprano que mi cuerpo valía más que cualquier título. Lo que ninguno de ellos supo es que jamás sentí nada mientras me pagaban.
Mi marido llevaba dos décadas esperando que cruzara esa línea. Nunca imaginé que lo haría una tarde cualquiera, contra la pared de mi propia oficina.
Lloraba borracha sobre mi hombro diciendo que ya nadie la deseaba. No imaginaba que esa misma noche, en la arena, yo iba a demostrarle exactamente lo contrario.
Nunca pensé que ver a otro hombre mirando a mi novia desnuda, abierta de piernas sobre la arena, sería lo más excitante que sentiría en mi vida.
Dejé caer el vestido en el balcón sabiendo que él miraba desde el otro lado del cristal. Y supe que mi marido lo había planeado todo.
Cuando bajó del avión con ese short y esa sonrisa, supe que el código de no tocar a la hermana de un amigo me iba a costar caro.
Cuando se soltó el cierre del vestido, entendí que esa noche en el camerino lo cambiaría todo entre nosotras, y que no quería que parara.
Nadie en aquel sendero imaginaba lo que yo llevaba puesto bajo la ropa, ni la mujer salvaje que el roce del aire terminó por despertarme esa tarde.
Cambié la canción a una más lenta, dejé que mis dedos bajaran por mi cuello, y de pronto el masaje dejó de ser solo un masaje. ¿Te animas a imaginarlo conmigo?
Esa mañana no me arreglé ni me sequé las lágrimas. Solo marqué su número y le pedí que viniera sin avisarle nada a mi esposo.
Él tenía una junta y me dejó sola toda la tarde. Aburrida, abrí una carpeta de su computadora que no debía abrir… y ya no pude dejar de mirar.
Frente al espejo, con la luz tenue y la música baja, descubrí que la mejor compañía esa noche era la mía: mis manos, mi vibrador y unas ganas que no paraban de crecer.
La caja llevaba años en el fondo del armario. Puse el primer disco sin imaginar que lo que vería esa tarde iba a quedarse conmigo para siempre.
La caja llevaba meses cerrada en el fondo del armario. La abrí por curiosidad y, una hora después, tenía el móvil grabando todo lo que mi cuerpo era capaz de sentir.