La carretera secundaria donde nadie podía verme
Aparqué detrás de los árboles, extendí la toalla en el asiento trasero y pensé que estaba completamente solo. No imaginaba lo que vería al encender los faros.
Aparqué detrás de los árboles, extendí la toalla en el asiento trasero y pensé que estaba completamente solo. No imaginaba lo que vería al encender los faros.
Su mensaje llegó antes que el café: «¿Qué me harías?». Y yo, desnudo y a medio despertar, supe que esa pregunta me iba a costar la mañana entera.
La casa entera en silencio, las llaves todavía en mi mano, y una idea cruzándome la cabeza mientras miraba la fruta sobre la mesa de la cocina.
Llegué del gimnasio prendida fuego, me desnudé frente al espejo y supe que esa ducha no iba a ser como las demás: tenía un paquete recién abierto esperándome.
Son las tres de la mañana, las sábanas rozan mi piel desnuda y tu recuerdo no me deja en paz. Te confieso lo que hago cuando no estás para hacerlo tú.
Llevo media hora escribiendo y ya no sé si las manos que recorren esa piel son las del personaje o las mías sobre mi propio cuerpo.
Apenas se cerró la puerta detrás del último invitado, supe que esa noche no iba a poder dormir hasta vaciarme entera frente al espejo.
Tenía la casa para mí sola, dos juguetes en el cajón y una idea que me rondaba la cabeza desde hacía semanas. Esa noche por fin iba a atreverme.
Apagué el despertador con una sola idea en la cabeza, y supe que esa ducha iba a tardar mucho más de lo que debía.
La alarma sonó a las diez y no pensaba levantarme. Lo que no sabía era que ese sábado iba a descubrir cuánto puedo desearme cuando nadie me mira.
Cerré los ojos creyendo que estaba sola. Cuando sentí la sombra en la puerta, ya era tarde para fingir que no estaba pensando en él.
Pensé que tenía el jacuzzi para mí sola. Con dos chicos observándome desde la sauna, mi imaginación se desbordó y mis manos siguieron el ritmo.
Nunca había sido exhibicionista, pero esa tarde abrí la cortina, puse una silla frente al cristal y me desnudé sin saber quién observaba.
Dos semanas sola, sin nadie que tocara la puerta. Saqué la lencería roja, abrí una cerveza fría y me prometí no detenerme hasta quedar temblando.
Eran las nueve de la mañana, llevaba un vestido fácil de apartar y un secreto vibrando entre las piernas. Ningún conductor a mi lado imaginaba lo que estaba haciendo.
Me hice dos coletas, un vestido cortito sin nada debajo y calcé mis tenis favoritos. Jugué a la nena inocente y terminé descubriendo algo de mí que no esperaba.
Cerré la puerta del baño, dejé caer el uniforme al suelo y supe que esa tarde no iba a poder pensar en otra cosa que en sus manos.
Ningún hombre me hizo terminar. Lo descubrí tarde, después de años de manos ajenas y orgasmos fingidos: el único cuerpo que sabía exactamente qué quería el mío era el mío propio.
Me prometí no tocarme hasta llegar a casa, pero entre el trabajo, el gimnasio y un desconocido demasiado guapo, mi cuerpo tenía otros planes.
El médico me mandó dos meses de reposo lejos de todo. Nunca imaginé que el descanso terminaría con mi hija desnudándose despacio frente a mí.