La tarde que descubrí lo que mi peine podía hacer
Nunca pensé que un objeto tan tonto como un peine pudiera dejarme temblando, sola en mi cuarto, mordiéndome los labios para no gritar.
Nunca pensé que un objeto tan tonto como un peine pudiera dejarme temblando, sola en mi cuarto, mordiéndome los labios para no gritar.
Pensé que sería una charla más para matar el aburrimiento. Pero cuando él empezó a escribir, cerré los ojos y dejé que sus palabras hicieran lo que ninguna mano había hecho en meses.
No había nadie en casa, ni un plan, ni una excusa. Solo yo, el sofá frente a la ventana y la idea peligrosa de dejarlo todo a la vista.
Creí que estaba solo en casa. Dejé la puerta del baño abierta, cerré los ojos y dije su nombre en voz alta sin imaginar que ella ya había vuelto.
Llevábamos toda la tarde encerrados en el cuarto y aun así él seguía despierto en el baño. La curiosidad pudo más que el sueño, y lo que vi me cambió.
Esperaba un solo juguete. Dentro de la caja había una colección entera, y Lucía supo que esa tarde, sola en el piso, nadie iba a interrumpirla.
La cerradura echada, la luz apagada y un solo dedo bastando para llevarme adonde ningún chico de mi edad supo llevarme jamás.
Marina apagó el televisor para dormir. Entonces empezaron los sonidos sobre su cabeza, y supo que esa noche no iba a pegar ojo por una razón muy distinta al cansancio.
Vi sus piernas cruzar el escenario y supe que no aguantaría la jornada entera. El deseo me llevó hasta la última puerta del baño, sola con mi propia urgencia.
Pensaban que dormía. Desde el pasillo escuché cada palabra, cada risa baja, cada cosa que decían sobre mí. Y en lugar de indignarme, me quedé quieta, escuchando.
La pared era delgada, mi cama crujía contra ella y, una mañana, encontré una nota deslizada bajo mi puerta. Alguien había estado escuchando todo.
Cerré los ojos para imaginar a un desconocido, pero cuando los abrí descubrí que media obra me observaba desde el andamio. Y no quise detenerme.
Tendía la ropa de madrugada, helada y aburrida, cuando algo en el silencio del patio me encendió por dentro y ya no quise parar.
Estaba haciendo la tarea cuando el calor entre mis piernas me distrajo. Lo que hice después con ese vaso de hielo me cambió la manera de mirarme.
Cerré los ojos buscando el sueño y lo que encontré fueron unas manos desconocidas que me sujetaban en la oscuridad y no me dejaban escapar.
El video llegó sin aviso: él, en su coche, con el semáforo en rojo y una mano que no estaba en el volante. Supe que no aguantaría hasta llegar a casa.
Nunca se había masturbado en el trabajo. Pero esa mañana, con el celular lleno de imágenes de su vecina y la puerta sin traba, descubrió cuánto la excitaba el riesgo.
Sabía que nadie me veía en aquel almacén oscuro. Solo el maniquí desnudo del rincón fue testigo de lo que hacía pensando en ella, la costurera de la falda más corta.
Me quité la ropa por el calor, cerré los ojos y de pronto ella estaba ahí, con su lencería negra, sentándose sobre mí en mi propia cama vacía.
Hace cinco semanas que no apareces, y esta noche, con la casa para mí sola, decidí que no iba a esperar más para terminar lo que dejaste a medias.