El dueño de la casa rural nos miraba desde el patio
Cuando le quité el antifaz, él seguía ahí, en la ventana, mirándola sin disimulo. Y ella, en lugar de cubrirse, se mordió el labio y le sostuvo la mirada.
Cuando le quité el antifaz, él seguía ahí, en la ventana, mirándola sin disimulo. Y ella, en lugar de cubrirse, se mordió el labio y le sostuvo la mirada.
No quería que fuera de nadie más. Y aun así, cada noche cerraba los ojos y la imaginaba entregándose a hombres que ni siquiera me miraban.
Vino a posar de reina del inframundo. Disparé el flash una y otra vez, profesional, hasta que ella abrió las piernas y entendí que la sesión era otra cosa.
Cuando el dedo huesudo del chamán se detuvo sobre ella, supo que su cuerpo sería el precio. Y que la selva entera la vería pagarlo, palmo a palmo.
Nuria tenía cuarenta y dos años, un bar al borde de la quiebra y un solo activo que el prestamista quería grabar: ella y su hijo, una noche, sin testigos.
Bastó una mano firme en su nuca para que entendiera que esa noche las reglas las ponía yo. Lo demás dependía de que ella se atreviera a quedarse.
Su culo ofrecido, el látigo aún sin estrenar en mi mano y ella suplicando que empezara. Pero el placer del amo es otro: hacerla esperar hasta que el miedo y el deseo se confundan.
A los 33 años, independiente y sola en todas mis decisiones, me atrevo a escribir lo único que nunca supe pedir en voz alta: un dueño que me lleve al borde y me sostenga ahí.
Me vistió él mismo frente al espejo y, antes de abrir la puerta, me dijo al oído una sola regla: esa noche mi cuerpo no me pertenecía.
Crucé la cortina con las manos temblando, segura de que solo quería mirar. No sabía que esa silla en el centro de la habitación me estaba esperando a mí.
Mientras mi marido mamaba de mis pechos frente al espejo, yo pensaba en ella y en el cuerpo del hombre con el que cenaríamos esa noche.
Crucé esa puerta sabiendo que iba a perder el control. Lo que no sabía era cuánto me gustaría suplicar por más.
Le pedí a Damián que me acompañara y se quedara en la sala de espera. El doctor lo invitó a pasar. Yo no dije nada. Ese silencio lo cambió todo.
Bajé la mano sin pensarlo, solo para comprobar si era verdad lo que mi cuerpo me estaba avisando. Hacía años que no me sentía así de viva.
Carla nunca quiso compartirme con nadie. Hasta que su hermana se metió en la cama de al lado y la excitación pudo más que cualquier promesa.
Lo reconocí en el andén después de veinte años y subimos al mismo vagón. Para cuando llegamos a la tercera estación, su mano ya estaba donde no debía.
Hay quien colecciona sellos o recuerdos de viajes. Yo colecciono noches, bocas y manos que ya olvidé, y todavía no entiendo por qué eso debería avergonzarme.
Le ofrecí la ropa vieja de mi marido como pretexto. La verdad es que llevaba meses imaginando lo que pasaría si alguna vez lo tenía cerca, dentro de mi casa.
Mi amiga me prometió presentarme a su hermano para que olvidara mis problemas. No me dijo que él me espiaría mientras me ponía el bikini.
Llevaba doce años apagándome en silencio. Esa noche me puse el vestido que él odiaba, salí sin avisar y no volví siendo la misma mujer.