Toqué el timbre y no la dejé avanzar ni un paso
Bajé del coche, subí los tres pisos sin pensarlo y, en cuanto abrió la puerta, supe que esa noche no la dejaría llegar ni hasta el sofá.
Bajé del coche, subí los tres pisos sin pensarlo y, en cuanto abrió la puerta, supe que esa noche no la dejaría llegar ni hasta el sofá.
Dijo que no, que estaba bien así, calentita en el sofá. Hasta que el más callado del grupo levantó la cabeza y, con la voz temblando, se atrevió a pedirle lo que ningún otro se animaba.
La odiaba con todo. Cada vez que abría la boca me robaba el aire. Y sin embargo esa tarde, solos en la sala de juntas, descubrí cuánto la deseaba.
Nadie en la facultad la miraba. Pero cuando él se inclinó sobre su caballete y guió su mano, entendió que para ese hombre era lo único que existía en el salón.
Sabía que su mirada estaba clavada en mi espalda mientras me desnudaba junto al armario. Dejé la puerta del baño entornada a propósito: la invitación estaba servida.
Cuando el timbre sonó, pensé que mis amigas habían pedido postre. Cuatro hombres entraron en mi salón y, por primera vez en años, dejé de pensar en mi ex.
La cabaña iba a ser su refugio en soledad. Hasta que un motor rompió el silencio del fiordo y bajaron Mikkel y Sigrid, trayendo el final de todo lo que Greta creía ser.
Salí del cine encendida y sin nadie que apagara el fuego. La lluvia me empapó el vestido y, entonces, una voz ronca me habló a la espalda.
Nunca había hecho algo así. Pero esa tarde, entre tiendas y cafés, una mirada bastó para que Mariana decidiera seguir a un desconocido hasta el baño del segundo piso.
Reservé el horario sin alumnos y la camiseta más ajustada que tenía. Lo que no esperaba era encontrarme a dos hombres esperándome sobre el tatami.
Hay un segundo, justo antes de que todo el cuerpo le tiemble, en que el mundo se detiene para mí. Vivo persiguiendo ese instante desde una ventana ajena.
Habíamos intercambiado cientos de fotos, pero nunca había pasado nada en persona. Hasta esa tarde de marzo en que la fui a buscar y ella ya tenía un plan.
Había aprendido a desarmar a cualquier hombre con una sonrisa, pero ninguno aguantaba el juego hasta el final. Hasta que un desconocido le siguió el paso sin apurarse ni huir.
Tenía veintiún años, un curso desastroso a la espalda y unas ganas locas de que alguien me hiciera olvidar. Esa tarde de junio, un mensaje distinto a todos lo cambió todo.
Le tendió la mano para saludarlo y, antes de soltarla, le acarició los dedos con una lentitud que no podía ser un accidente. Mateo supo que esa visita lo cambiaría todo.
Quería comprobar si era verdad eso de que un masaje se descontrola solo. Lo que no esperaba era que aquel oso de manos rudas me leyera el deseo desde el saludo.
Tenía las manos sudadas y el corazón disparado cuando él dejó el mando, cambió lo que había en la pantalla y, sin decir una palabra, me miró esperando que yo diera el primer paso.
Por primera vez en seis años apagaron los teléfonos. Tres días en mitad de la nada para descubrir si lo suyo podía sobrevivir a la luz del día.
Lo tenía clasificado como un colega y nada más. Hasta que esa madrugada me agarró del cuello en la puerta de la discoteca y todo lo que yo creía saber sobre mí se vino abajo.
Cada vez que cerraba los ojos en aquel sillón, volvía al loft del puerto, a las manos del único hombre frente al que dejaba de fingir quién era.