Mis tíos sabían que los espiaba desde el pasillo
La primera noche solo quise mirar. La tercera ya no podía detener mi mano. Cuando ella giró la cabeza en la penumbra y me sonrió, supe que estaba perdida.
La primera noche solo quise mirar. La tercera ya no podía detener mi mano. Cuando ella giró la cabeza en la penumbra y me sonrió, supe que estaba perdida.
La camioneta saltaba en cada bache y yo solo rezaba para que nadie notara lo que estaba pasando debajo del vestido de mi hermana.
«Sabía que algún día tendría esta conversación contigo», dijo mi madre cerrando la puerta. Lo que me contó esa tarde cambió para siempre lo que yo creía de nosotros.
Llevábamos meses esquivándonos en el mismo piso, fingiendo que no pasaba nada. Esa madrugada, en la cocina, ya no quedaba nadie a quien engañar.
Apenas oí sus llaves peleando con la cerradura supe que iba a tener que disimular. Lo que no sabía era que ella había venido decidida a no dejarme.
Estaba frente a la puerta de su dormitorio, conteniendo la respiración. Solo faltaba un paso para que la razón terminara de arder entre nosotros.
La niña con la que jugaba a las escondidas bajó convertida en mujer, y bastó una mirada para saber que ese verano íbamos a pecar.
Bastó una frase inocente de Lucía en la terraza para que todas las miradas cayeran sobre nosotros, y la mano de Marina encontró la mía bajo la mesa.
Aceptó compartir su cama solo para no perderme. No imaginaba hasta dónde estaba dispuesto a llegar yo para no perderla a ella.
Llevábamos meses rozándonos en los pasillos sin decir nada. Esa noche, en el bar, ella se apoyó contra la pared y supe que ya no había vuelta atrás.
Cada vez que nos quedábamos solos me rozaba como sin querer. Esa noche en la cabaña supe que ya no quería frenarlo, y caminé descalza hasta el bosque.
Olvidé lo que se siente que te deseen. Esta noche, sola en casa, decidí recordarlo con la única persona que siempre está conmigo: yo misma.
Marina volvió de la universidad hecha una mujer, y entre risas y juegos en el agua entendí que ya no éramos los críos que se bañaban cada verano en aquel pueblo.
Me lo susurró al oído cuando todavía temblaba: «¿Y si la próxima vez somos dos para ti sola?». No supe decir que no, y tampoco quise.
Me mojé al ver su erección en la pantalla, pero no fue por lo que mostraba: fue por saber que mis palabras la habían provocado. Y supe exactamente lo que quería hacerle.
Caminé hacia el parque chupando una paleta, con la falda tan corta que el aire fresco me rozaba, sabiendo que cualquiera que pasara podía verme.
Pensé que dormía. Cuando abrí los ojos, Helena estaba de pie junto al jacuzzi, mirándome con una intensidad que no supe si era furia o algo mucho peor.
Llevaba dos días ardiendo por dentro. Había descubierto algo en mi marido que no podía sacarme de la cabeza, y esa tarde decidí jugar con fuego.
—Te lo advierto: todo lo que me hagas, lo vas a sufrir o lo vas a disfrutar tú también. Esa es mi única condición —dijo ella, mirándolo desde arriba.
Solo quedaban diez minutos y ella suplicó entrar. Marcó, se lesionó otra vez... y cuando volví al vestuario seguía allí, envuelta en una toalla y con una sonrisa que lo cambiaba todo.