La dominatriz que terminó de rodillas
Atada en la jaula, Renata aún se creía intocable, segura de que sus esclavos darían la vida por ella. Darío sonrió: iba a demostrarle cuánto valía esa lealtad.
Atada en la jaula, Renata aún se creía intocable, segura de que sus esclavos darían la vida por ella. Darío sonrió: iba a demostrarle cuánto valía esa lealtad.
Tenía el chalet, los coches y una esposa que detenía conversaciones. Nadie sabía que, dentro de aquellas paredes, él no era más que su sirviente desnudo.
Damián nos vio entrar maquilladas y obedientes, levantó su copa y sonrió. Esa tarde íbamos a descubrir hasta dónde estábamos dispuestas a llegar las tres por complacerlo.
Siempre supe que mi sitio estaba de rodillas, pero jamás imaginé que tres mujeres me harían suplicar para decidir si merecía servirlas.
Esa semana me había comportado como una insolente, y él me lo advirtió: ya veríamos si seguía tan altiva cuando lo tuviera frente a frente, de rodillas.
Solo buscábamos un atajo hacia el restaurante. En ese callejón sin salida aprendí lo cobarde que era, mientras tres desconocidos decidían por nosotros.
Siempre fue ella quien empuñó la correa. Esa noche, encadenada al potro, descubrió que también las reinas terminan arrodilladas ante un ama más cruel que ellas.
Sé que cuando termine de hablar me hará pagar cada palabra. Pero mi ama insiste: quiere que le cuente, de rodillas, aquello que nunca le confesé a nadie.
Nadie a mi alrededor lo sospecha, pero todo el día obedezco órdenes que solo existen en mi cabeza… y cada vez deseo más que se vuelvan reales.
Creí que esa noche él marcaría el ritmo, como siempre. No imaginaba que terminaría siendo yo quien decidiera cuándo, cómo y cuánto.
Cuando la calefacción de la cabaña se apagó, mi marido me recordó que sus reglas no se rompen porque haga frío. Esa noche entendí qué significaba pertenecerle de verdad.
Le avisé que no llevaba nada debajo del vestido. Lo que no sabía era que, mientras él me tocaba, alguien más nos observaba en vivo desde la pantalla.
Soñaba con ambos cuando sentí el peso de un cuerpo subirse a la cama. Una mano cálida me recorrió la espalda y supe, antes de abrir los ojos, que no era Mateo quien había vuelto.
Cuando la puerta se cerró con llave, la capitana me empotró contra las taquillas. El derbi acababa de terminar, pero el mío recién empezaba.
Me agazapé entre los pinos y vi a Bruno arrodillarse frente a un desconocido. En ese instante entendí por qué llevaba semanas evitándome.
Cuando la puerta del ascensor se cerró tras mi cuñada, mi hijo entendió que la mentira que había contado en la mesa no iba a salirle gratis.
Conté hasta diez antes de cada golpe, sola frente al espejo, con la pomada ardiendo en cada herida abierta. Nadie sabía lo que el dolor estaba haciendo conmigo esa noche.
Estaba a cuatro patas, temblando, con el culo en pompa y mi propia verga goteando sola. Él apenas había metido la punta y yo ya suplicaba que me rompiera entero.
El toque de queda ya había pasado cuando una mano conocida la arrastró al cuarto de servicio. Su hermana mayor tenía una forma muy concreta de imponer las reglas.
Cuando entré al salón, el marido estaba sentado en el suelo, a los pies de su mujer, con una correa al cuello y sin decir una palabra.