Lo que mi marido me pidió en la gasolinera vieja
Esa tarde de abril salí sin sostén y con un tanga mínimo. No sabía que mi marido iba a frenar delante de la gasolinera abandonada para hacerme aquello.
Esa tarde de abril salí sin sostén y con un tanga mínimo. No sabía que mi marido iba a frenar delante de la gasolinera abandonada para hacerme aquello.
Cuando Marina cruzó la arena hacia mí, supe que no venía sola: traía a su marido detrás, sumiso, y una propuesta que ninguno de los dos podría rechazar.
A las tres de la madrugada vi a una mujer enmascarada forzar la puerta de mis vecinos. Cuando la luz le dio en la cara, reconocí a la justiciera más temida de la ciudad.
La consultora que entró a presentar números resultó ser la mujer más perfecta que había visto. Antes de medianoche, de rodillas, me pedía que la marcara como mía.
El cartel oxidado prometía un club abierto. Lo que no decía es que dentro lo esperaban cuatro viudas dispuestas a vaciarlo antes de dejarlo volver a la carretera.
Llevaba la bandeja temblando, la falda subiéndosele por los muslos, mientras ellas brindaban y reían. Esa noche no era un invitado: era el juguete de la fiesta.
No tenía que pensarlo. En cuanto escuché su voz al otro lado de la línea, ya estaba buscando las llaves del coche con las manos temblando.
Bruno llevaba horas tirado en el suelo de aquella habitación, agotado, cuando la puerta volvió a abrirse y supo que la noche aún no pensaba soltarlo.
Bruno seguía en el suelo, agotado, cuando la puerta se abrió otra vez y entraron dos desconocidos. Nadie lo miró. Su tormento, sin embargo, apenas empezaba.
Habíamos acordado las reglas durante semanas, pero cuando la puerta se cerró y me ataron a la cama, entendí que esa noche dejaría de pertenecerme.
Apenas podía sostenerme en pie cuando ella ajustó el cuero sobre mi garganta y susurró que, a partir de esa noche, yo le pertenecía por completo.
Arrodillada sobre sus talones, sin más adorno que el collar de su dueña, Lirea temblaba cada vez que la cámara se abría para dejar pasar a algo que ningún mortal debería desear.
Cada mañana entraba al edificio sabiendo que entre sus manos estaba el destino de cada hombre que cruzaba esa puerta. Y le encantaba.
La conocía del trabajo: brillante, arrogante, imposible de aguantar. Lo que no imaginaba era encontrármela desnuda, de rodillas y vendada, esperando órdenes.
Nunca sé en qué postura voy a terminar cuando entro a su cuarto de cuerdas. Hoy había un punto de suspensión listo, y yo solo llevaba unas bragas que él pensaba destrozar.
Durante el día gobernaba con mano de hierro. Por las noches descendía a su propia mazmorra y ordenaba que la trataran como a una prisionera más.
Hugo pensaba que la tenía en el bote. No sospechaba que cada sonrisa de ella era parte de una trampa que llevaba años queriendo cerrar.
Llevaba días imaginando ese fin de semana: cada orden, cada castigo, cada límite roto. Lo escribí todo en un mensaje y pulsé enviar antes de pensarlo dos veces.
Me desnudé en silencio, me puse las orejas y el collar, y me deslicé en su cama antes de que despertara. Le debía demasiado para seguir fingiendo que solo quería cuidarlo.
Sus tacones retumbaban por toda la planta y todos creían que las órdenes las daba yo. Solo ella sabía lo que pasaba cuando cerraba la puerta de mi despacho.