Las cuatro lo ataron en el sótano y empezó el castigo
Cuando la anestesia se disipó y abrió los ojos, ya estaba desnudo, esposado a una silla y rodeado por cuatro mujeres que llevaban un mes esperando ese momento.
Cuando la anestesia se disipó y abrió los ojos, ya estaba desnudo, esposado a una silla y rodeado por cuatro mujeres que llevaban un mes esperando ese momento.
Llegué a las dos de la mañana con la boca seca y una sola idea en la cabeza: que aquella noche no iba a poner ningún límite, pasara lo que pasara entre los pabellones.
Me gustaba sentirme mirada, deseada, elegida entre todas. Esa noche un hombre del campo me sacó de la pista y me llevó a un lugar sin vuelta atrás.
Cuando dejé caer el brazo a destiempo durante el último ejercicio, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue cómo terminaríamos en el banco de madera.
Desde el umbral de la celda la vi contonearse contra la madera grasienta, los ojos fijos en el reloj. Una hora. Después entraría el hombre de la fusta.
Llevaba dos días ardiendo por dentro. Había descubierto algo en mi marido que no podía sacarme de la cabeza, y esa tarde decidí jugar con fuego.
Nunca había visto a un hombre como Lamine, y desde el primer día supo que haría cualquier cosa con tal de volver a entrar en su casa.
Ni siquiera leí las cláusulas. Sabía lo que quería: vivir con él, hacer lo que se me antojara con su cuerpo y, cuando muriera, quedarme con todo.
Fumaba desde los dieciocho y nada me había hecho parar. Hasta que mi mujer encontró a esa doctora de tacones imposibles y sonrisa de depredadora.
La regla era simple: no ducharse hasta que ella lo permitiera. Y Lucía obedecía de rodillas, esperando el siguiente castigo como quien espera un regalo.
Subí a la camilla con la bata mal cerrada, creyendo que era una revisión de rutina. No imaginé hasta dónde estaría dispuesta a dejar que llegaran sus manos.
Llamé a su puerta sabiendo que ya no había marcha atrás. Quince años esperando este momento, y por fin me tocaba pagar lo que no me atreví a hacer aquella noche.
Las órdenes fueron claras: nada de móviles, nada de cámaras. Y un contrato que firmé sin leer del todo, porque ya sabía que esa noche dejaría de ser una persona.
Soy una travesti de clóset. Llevaba meses obedeciendo sus correos cuando me escribió que vendría a mi ciudad, y supe que esa tarde haría conmigo todo lo que me había ordenado.
Cerré la puerta, lo besé sin permiso y entendí que esta vez no me iba a ir hasta conseguir exactamente lo que había venido a buscar, con toda la sala escuchando.
Tenía traje caro y una mirada que intimidaba a todos en la mesa, pero no podía dejar de mirarme los pies. Y yo sabía exactamente lo que iba a hacer con eso.
Brindamos, di el primer sorbo y casi lo escupo. Él sonrió y me dijo al oído que no me iría de ahí hasta vaciar la botella. Su familia estaba a un metro.
Llevaba diez minutos espiándome los pies desde la parada del bus. Lo que no imaginaba era que pensaba subirlo a mi piso y ponerlo de rodillas antes de que cayera la tarde.
Limpió mi cocina de rodillas, con un uniforme que no cubría nada, mientras yo creía estar al mando. Tardé poco en entender quién mandaba de verdad esa noche.
La persiana estaba a medio bajar y la llave giró dos veces tras de mí. Vine sin el anillo y con doce años de silencio sobre la lengua.