La encargada del club y la travesti que la doblegó
Llevaba meses con la llave de mi jaula colgada de su cuello, recordándome quién mandaba. Esa tarde, en el almacén, aprendió que el poder cambia de manos más rápido de lo que nadie imagina.
Llevaba meses con la llave de mi jaula colgada de su cuello, recordándome quién mandaba. Esa tarde, en el almacén, aprendió que el poder cambia de manos más rápido de lo que nadie imagina.
El vestido manchado seguía colgado en la puerta como un trofeo, y ella ya no le temía a ningún espejo ni a ninguna mirada.
En el instante del beso nupcial, el novio más poderoso del salón despertó dentro del vestido de su esposa, sobre unos tacones que ya no podía controlar.
Nunca cargo efectivo, y esa mañana lo descubrí en el peor momento: tarde, sin plata y con un taxista que me miraba por el retrovisor como si yo ya le debiera algo más que la carrera.
Lo dejé al borde toda la noche, una y otra vez, sin permitirle terminar dentro de mí. No era crueldad: era mi manera de garantizar el día siguiente.
Me desperté con una sola idea fija entre las piernas y un nombre en la boca. Esa mañana Pamplona entera me olía a sexo, y yo solo quería encontrarla a ella.
Llegué temprano del trabajo, me puse una camisa suya sin nada debajo y me arrodillé frente a él. Esa tarde decidí que iba a cumplirle su fantasía, pero con mis reglas.
«Sé quién eres en realidad», le dijo su vecina en el rellano. Esa madrugada, a oscuras y con un antifaz puesto, Daniel descubrió que ella tenía un plan que jamás habría imaginado.
Ellas se sentaron a conversar mientras yo, desnuda frente a las dos, esperaba la orden de probarme el primer vestido. Esa mañana dejé de decidir por mí misma.
La recogí en la estación pensando en la cena que había reservado. Ella tenía otros planes, y los dejó claros apareciendo en el salón con tacones, un tanga negro y nada más.
Dijo que era mi captor y no me dejaría salir de su cama. Cuando empezó a cocinar para mí, supe que el motín apenas estaba empezando.
Cuando el último compañero cerró la puerta, supe que esa noche no volvería a casa siendo la misma mujer. Él me miró y yo ya estaba temblando.
Si nunca te han hecho una buena mamada, no sabes de lo que hablo. Y no, no me refiero a correrte en su boca. Te voy a contar el secreto que descubrí por casualidad.
A las siete en punto, la consulta estaba vacía y el doctor cerró la puerta con llave. Mercedes no sabía que su quemadura sería lo menos que ardería esa mañana.
Atada bajo las luces y con su mirada clavada en mi nuca, entendí que esta noche el verdadero espectáculo era él: obligado a ver todo lo que se negó a darme.
Dos desconocidos me filmaban por debajo de la mesa mientras él me ordenaba quedarme quieta. Lo peor era que me gustaba ser el espectáculo de toda la sala.
Ella sacó de la bolsa un tanga que no tapaba nada y me lo tendió sin una palabra. En esa playa llena de gente, las órdenes ya no las daba yo.
Un desconocido me prometió encontrarse conmigo en la última fila, pero terminé en manos de todos los demás, ofrecida una y otra vez en la oscuridad.
El cuarto día en la playa una desconocida me pidió que vigilara sus cosas. Horas después descubrí de quién era esposa, y ella ya había decidido qué pasaría conmigo.
Me dijo que si quería su culo me lo tendría que ganar. Lo que no esperaba era que apareciera en mi portal la noche de fin de año, con una maleta y una orden.