Se entregó como esclava al jinete que la rescató
El jinete no hablaba, no encendía fuego, no prometía nada. Cuando por fin abrió la boca fue para darle una orden, y Mariela supo que su vida entera dependía de cómo obedeciera.
El jinete no hablaba, no encendía fuego, no prometía nada. Cuando por fin abrió la boca fue para darle una orden, y Mariela supo que su vida entera dependía de cómo obedeciera.
Le dije que buscaba algo más fuerte que ella, mucho más fuerte. No se escandalizó. Sonrió y me dijo que conocía un sitio donde eso era posible.
Salí del cuarto con apenas una tira de tela encima y entendí que esa noche yo no decidiría nada: ellos lo decidirían todo por mí.
Salió al escenario con un vestido rojo y una voz imposible. No imaginaba que cantar tan bien sería la trampa con la que su productor la encerraría para siempre.
Subió a mi lancha creyéndose el dueño del río. Para cuando tocamos tierra, ya era nuestro: ella reía a mi lado y él ni imaginaba lo que le esperaba.
Subí a la lavandería sin hacer ruido, miré por la ventana y allí estaba mi madre en su cama, con un hombre que yo nunca había visto en mi vida.
Pasaba horas en secreto leyendo sobre feminización forzada. Una tarde mi esposa volvió antes de lo habitual, vio la pantalla y entendió todo lo que yo no me atrevía a confesar.
Mariana aceptó ser mi socia con una sola condición: que su novio entrara a la empresa. Lo que no previó fue cuánto iba a disfrutar él de ser el centro del juego.
Cuando entré a la cabaña solo había treinta hombres de traje y una copa esperándome. Tardé poco en entender para qué me habían pagado tanto.
Cuando colgué el teléfono ya estaba decidido. Esa tarde no quería uno ni dos: los quería a todos en mi casa, al mismo tiempo y sin contemplaciones.
Bajo el agua caliente, la mujer más fría del banco descubrió que su orgullo podía romperse en pedazos. Y que disfrutaba cada uno de ellos.
Bárbara despreciaba a aquellos cuatro tipos sudorosos. Pero la toalla apenas la cubría, la lluvia seguía cayendo y, por una vez, quería que la miraran.
Solo había una cosa que tenían prohibido hacerme, y era justo la única que yo deseaba mientras me usaban durante un mes entero.
Quería un chico que aguantara todo sin freno, así que abrí una página de escorts y el primero que respondió tenía cara de niño bueno.
Esa noche transmitía en vivo desde el bar, pero lo que pasó después del show no quedó grabado en ninguna cámara. Solo en mi memoria.
Andrés se había ido del país y ellas dos quedaron solas en el apartamento. Esa noche, la ropa interior transparente de Camila cambió todo entre suegra y nuera.
Veterana, dominante y adicta al deseo, la capitana tenía un solo plan para esa noche: que la recluta más hermosa del cuartel terminara en su cama.
Borracha y dolida tras perder mi trabajo, dije que sí a sus coqueteos. «Solo cinco minutos en el baño», me prometió. No imaginé hasta dónde pensaba llegar.
Dejé la puerta del baño entreabierta a propósito. Quería saber hasta dónde llegaría su curiosidad antes de que se atreviera a mirar.
Solo quería esperar a que parara la lluvia. No imaginé que aquella desconocida de labios rojos terminaría enseñándome lo que era desear a otra mujer.