Entré de dorado y los cuatro se quedaron sin habla
Cuatro hombres, un sobre grueso sobre la mesa y yo decidiendo a cuál llamaba primero. Mi regla siempre fue la misma: yo elijo, yo marco el ritmo y yo me voy cuando se me da la gana.
Cuatro hombres, un sobre grueso sobre la mesa y yo decidiendo a cuál llamaba primero. Mi regla siempre fue la misma: yo elijo, yo marco el ritmo y yo me voy cuando se me da la gana.
Me duermo siendo yo y despierto siendo otra. En el sueño tengo curvas, no tengo lo de antes y espero, ansiosa, que la puerta se abra y entre él.
Estaba recién duchada, con un short que apenas me tapaba, cuando él entró cargando un saco al hombro y me miró como si ya supiera lo que yo quería.
Llegó al instituto con la carta de expulsión de su hijo en el bolso. Salió con las rodillas temblando y un secreto que no iba a poder contarle a su marido.
Cuando salí del despacho con las piernas temblando, lo vi al final del pasillo. Mi hijo. Y por su mirada supe que había escuchado todo.
Cuando el arnés empezó a separarme las piernas en el aire, supe que ya no había vuelta atrás: esa noche iba a obedecer cada orden sin pensar.
Dos hombres entran a la vitrina creyéndose intocables. Solo uno saldrá como llegó; al otro, el público ya decidió convertirlo en algo dulce, obediente y para siempre distinto.
Subí a su suite con la cena que me había pedido. Ella abrió la puerta con un kimono entreabierto y supe que la noche no iba a terminar como yo había planeado.
Cuando mi tía anunció que Yasmín cenaría con nosotros, no entendí esa sonrisa de suficiencia. A medianoche supe que ella siempre había sido parte del plan.
Cuando el whisky cayó sobre mi vestido rosa supe que esa boda no iba a terminar como pensaba. Tampoco que el tío de la novia me buscaría en el pasillo más oscuro.
Cuando entré al laberinto de espejos no buscaba nada. Pero él ya estaba ahí, mirándome desde mil ángulos, y yo no me moví hacia la salida.
La invité al teatro y ella me detuvo con una sonrisa. «Antes de seguir, debo contarte algo», dijo. No imaginé hasta dónde me llevaría esa confesión.
Abriste los ojos y el techo no era el tuyo. Tu mano bajó al pecho y encontró músculos que no recordabas. Algo dentro de ti ya había decidido lo que harías esa noche.
Su mano subió por mi antebrazo mientras yo intentaba servirle más vino, y supe que aquella copa no era la única razón por la que me había invitado a su casa.
Le dije a mis padres que pasaría el día con una amiga. En realidad iba a casa de Renata, donde me esperaban una peluca, una jaula rosa y un hombre que sabía qué quería de mí.
Bajo el chándal solo llevaba medias de rejilla y un tanga de encaje. No buscaba un portal cualquiera: buscaba el lugar donde iban a tratarme como a un objeto.
El mensaje decía solo dos palabras: «Es hoy». No pregunté qué. Lo sentí en el cuerpo, y supe que esa noche dejaría de pertenecerme.
Ocho años buscándola y, cuando al fin la tuve frente a mí, no fui capaz de levantar la espada. Lo que me hizo esa noche no se lo conté nunca a nadie.
Me hacía despertar a una hora exacta sin alarma, solo con sus palabras metidas en mi cabeza. Y yo obedecía, mientras mi novio roncaba a mi lado.
Cada vez que pisaba su departamento, soltaba bromas sobre maricones. Una semana después lo reconocí en el video del club: máscara, jaula y veinte hombres esperando turno.