Espié a dos desconocidas en los baños de la facultad
El gemido que me despertó no era mío. Asomé el ojo por la rendija del cubículo y la vi frente al espejo, con la falda subida hasta la cintura.
El gemido que me despertó no era mío. Asomé el ojo por la rendija del cubículo y la vi frente al espejo, con la falda subida hasta la cintura.
Esa mañana de septiembre vi entrar a la chica más tímida del aula. Tardé dos semanas en entender que la tímida del aula no era ella, era yo.
Andrés escogió a tres candidatos para nuestro primer trío y yo elegí al más alto. Lo que no me dijo fue que había filtrado solo a hombres con pollas enormes.
A las tres de la madrugada el champán seguía abriéndose y ella, sentada en el sofá, no apartaba los ojos de nosotros mientras yo te buscaba la cintura bajo el vestido.
Pensó que entraba a ese cuarto a hacerse el duro. Sabrina, con la minifalda roja y la mirada de dueña, ya había decidido que esa noche se arrodillaría.
Cuando ella aceleró el paso por la senda y lo alcanzó con una sonrisa demasiado amplia para esa hora, Mateo supo que el amanecer no iba a ser lo único que vería en la cima.
Llevaba meses suplicándole una sesión. Cuando al fin entré en su estudio, entendí que no me había citado para fotografiarla, sino para enseñarme a obedecer.
Cuando empujé la puerta metálica esperaba encontrarlo solo, como siempre. Pero bajo aquella bombilla colgante había cuatro hombres más, y ninguno parecía tener prisa.
Cuando me hizo un gesto desde el pasillo central, supe que la lista de libros prestados a mi nombre era solo la primera de las trampas que iba a abrirme esa noche.
No recuerdo el momento exacto en que dejé de cuestionar la lencería, las pastillas ni los sueños. Solo sé que cada semana me sentía más cómodo siendo otra.
La encontré mordiéndose el labio frente al espejo, con el bikini puesto y la entrepierna ya húmeda. No iba a esperar a que estuviera lista.
Llevaba meses fingiendo ser el amigo gay perfecto para meterse en su cama. Esa noche en la fiesta de la facultad descubrió, atado y de rodillas, lo que era ser un hombre rendido.
Cuando crucé las piernas, ya sabía que las tres habían planeado algo. Lo que no esperaba era cuánto iba a costarme quedarme callada toda la noche.
Cuando Daniela me preguntó si podía dormir conmigo esa noche, supe que ninguna de las dos volvería a la mañana siendo la misma mujer que había llegado a la finca.
Llevaba meses controlándola con una sola frase. Bastaba decir «gatita caprichosa» y la dueña de la empresa se convertía en mi juguete. Hasta que esa tarde alguien me observó a mí.
Cuatro días atado a su cama, doce mil euros más rico, y un cuerpo que ya no se resiste igual. Lo peor no es lo que me hace: es lo que empieza a brillar en mis ojos.
Llamaron al timbre justo cuando ella terminaba de tender. Yo me escondí en el dormitorio y la vi salir a recibirlo sin nada puesto, solo unas cuñas y una sonrisa.
Después de meses de miradas y roces fingidos en la escaladora, ese día mi hijo no fue al gimnasio. Y él me preguntó, sin medias tintas, si quería irme con él.
Cuando cerró el último candado y se guardó la combinación, entendí que esa noche mi cuerpo ya no me pertenecía: era su muñeca, y obedecer era el único camino.
Cuando bajó al garaje con la excusa de un destornillador, Carolina ya sabía que no iba a subir igual. Hugo apagó el cigarro y la miró como nadie la miraba desde hacía años.