Lo que pasó en el velero nunca debió pasar
Apenas solté amarras supe que aquella tarde no terminaría con un simple paseo: ella ya me miraba distinto, con esa media sonrisa que prometía mucho más.
Apenas solté amarras supe que aquella tarde no terminaría con un simple paseo: ella ya me miraba distinto, con esa media sonrisa que prometía mucho más.
Llevo meses repitiendo la misma escena en mi cabeza durante el trayecto de vuelta. Hoy, cuando el asiento de al lado se ocupó, casi se me corta la respiración.
Salí en bicicleta sin ropa interior, con el celular vibrando de mensajes que no debí abrir. El camino estaba vacío, pero yo me sentía observada por todos.
Cerré los ojos un segundo y, cuando los abrí, una sombra enorme me tapaba el sol. Lo que pasó después solo existía en mi imaginación… hasta esa tarde.
Mirabas a un lado y a otro, segura de estar sola, cuando te subiste el vestido en mitad del garaje. No viste que, dos plazas más allá, alguien llevaba un rato observándote.
Hay un baño que nadie usa al fondo del aparcamiento. Llevo días imaginándote ahí, contra el espejo, mientras te describo en voz baja todo lo que pienso hacerte.
Me senté entre un hombre mayor y un chico que estaba para comérselo. Entonces el tren frenó en seco, las luces se apagaron y una mano buscó la mía.
No buscaba amor ni compañía. Buscaba que la miraran, que la desearan, que la imaginaran desnuda bajo el vestido. Esa noche decidió ser puro fuego.
Llevaba semanas imaginando una noche así, sin nombres ni promesas. Lo que no imaginé fue que él me estuviera mirando desde la barra como si ya supiera todo.
Le di dos besos delante de su madre y, sin que nadie lo notara, decidí seguirle el juego hasta donde ninguno de los dos pensaba llegar esa mañana.
Apenas le llegaba a la altura del codo cuando me tomó de la mano. En seis minutos descubrí que mi cuerpo no entendía de las reglas que yo misma me había impuesto.
Llega a las diez y media, se apoya en la marquesina y cruza las piernas. Ella no lo sabe, pero en mi cabeza ya hemos hecho todo lo que jamás nos atreveríamos.
Llevaba horas buscando una chispa en miradas ajenas y no encontraba nada. Hasta que me decidí a cruzar el salón y poner el juego entero en sus manos.
Antes lo escondía todo. Esa noche entré a la sala sin ropa interior, con la falda corta y la certeza de que alguien iba a mirar. Y yo quería que mirara.
Cuando el tren se fue sin mí, creí que la noche estaba perdida. Entonces lo vi al otro lado del andén, inmóvil, mirándome como si me esperara desde siempre.
Salí de casa con un suéter que transparentaba todo y sin nada debajo. Mi novio caminaba detrás de mí, mirándome, mientras los ojos de otros me recorrían entera.
Entré al baño con la tanga puesta y salí con ella enredada en el pelo. No imaginaba que la fila para entrar a la sala sería la parte más larga de la noche.
El vapor borraba los rostros y los nombres. Solo quedaba el calor, su mirada fija en la mía y la certeza de que ninguno de los dos iba a detenerse.
Se levantó de la mesa, se dio vuelta y me miró de un modo que no dejaba lugar a dudas. La seguí sin pensarlo, con el corazón golpeándome el pecho.
Apoyé las manos en la pared fría, respiré hondo y entendí que al otro lado alguien esperaba el permiso invisible para empezar a tocarme.