Lo que pasó en el pasillo del hospital esa noche
Una bombilla del pasillo cedió y se apagó. En la penumbra, sus manos rodearon mi cintura y supe que llevaba años esperando ese instante sin atreverme a nombrarlo.
Una bombilla del pasillo cedió y se apagó. En la penumbra, sus manos rodearon mi cintura y supe que llevaba años esperando ese instante sin atreverme a nombrarlo.
Llegamos temprano, el ascensor se vació y su mano encontró mi falda antes de que se abrieran las puertas del último piso. Sabía exactamente lo que venía después.
La hice cambiar de ropa antes de llegar a la obra: quería que cada uno de sus obreros entendiera, con una sola mirada, quién mandaba de verdad ahora.
Bastó una mirada de Renata para que entendiera: lo había visto todo la tarde anterior y ahora quería su parte, sin posibilidad de negarse.
Cris abrió la cortina del probador a medio cambiarse y yo, en lugar de retirarme, me arrodillé. Lo que pasó después marcó todo lo que vino después con Hugo.
Lo único que tenía que hacer era mirar. Sin tocar, sin hablar. Pero cuando ella deslizó las bragas hasta el suelo del vagón, ya no sabía dónde poner los ojos.
Nunca me había atrevido a tanto. Esa noche dejé el pantalón en la mochila, me ajusté la minifalda sobre las nalgas y caminé entre los pasillos sintiéndome, por fin, una mujer.
La esperaba cada amanecer en la parada. Aquella mañana el autobús iba lleno, ella se apoyó contra mí y entendí que también me había estado mirando.
Detrás de cada uno de los tres agujeros podía haber cualquiera. Yo no veía nada. Solo sentía manos, bocas y una mirada conocida observándome desde el otro lado.
Sabía que él me observaba desde su ventana. Por eso aquella tarde elegí el conjunto rojo, descorché el vino y me dejé llevar mientras me miraba.
Su mensaje vibró en mi delantal mientras servía mesas. Tres palabras, una pregunta y la certeza de que aquella tarde nada volvería a ser igual.
Llevaba el vestido rojo y nada debajo. Él caminaba detrás con el teléfono encendido. Cada mirada que se quedaba en mí terminaba archivada en su galería.
Subí al Uber con el corazón a mil y bajé con el sabor de otra mujer en mi boca. No sabía que esa madrugada empezaba una historia que dura todavía.
Le entregué la nota doblada y un preservativo sin decir una palabra. Él la leyó, me miró de arriba abajo y solo dijo: ven conmigo. No volví a pensar con claridad en horas.
Caminé hasta ese portón oxidado vestida solo para él, con el pulso en la garganta. Ese día descubrí cuánto me gustaba ser deseada por alguien que ni conocía.
Le mandé una foto de mi coño abierto desde el baño de la cafetería. Lo que pasó después, frente a ese ventanal, todavía me hace temblar las piernas.
Salí de casa con la falda más ligera que tenía y una idea fija: encontrar un rincón apartado, abrirme de piernas y dejar que el aire —y quizás unos ojos— hicieran el resto.
Esa noche el polígono estaba vacío, salvo por un tráiler con la cabina encendida y un hombre que no apartó los ojos de mí ni un segundo.
Salimos primero él, después yo, con un par de minutos de diferencia. Nadie en el bar tenía por qué saber lo que iba a pasar entre los cartones del callejón.
Me escribió temblando la noche antes: «no sé si subir a ese avión». A la mañana siguiente apareció en la terminal, con la mochila al hombro y la mirada de quien había decidido obedecer.