Dejé las cortinas abiertas a propósito esa tarde
No había nadie en casa, ni un plan, ni una excusa. Solo yo, el sofá frente a la ventana y la idea peligrosa de dejarlo todo a la vista.
No había nadie en casa, ni un plan, ni una excusa. Solo yo, el sofá frente a la ventana y la idea peligrosa de dejarlo todo a la vista.
Cuando sentí su erección apretada contra mi cola, supe que no iba a moverme. Y supe también que en la próxima estación, los dos íbamos a bajarnos.
Vi sus piernas cruzar el escenario y supe que no aguantaría la jornada entera. El deseo me llevó hasta la última puerta del baño, sola con mi propia urgencia.
Cerré los ojos para imaginar a un desconocido, pero cuando los abrí descubrí que media obra me observaba desde el andamio. Y no quise detenerme.
Tendía la ropa de madrugada, helada y aburrida, cuando algo en el silencio del patio me encendió por dentro y ya no quise parar.
El video llegó sin aviso: él, en su coche, con el semáforo en rojo y una mano que no estaba en el volante. Supe que no aguantaría hasta llegar a casa.
Esa tarde no necesité ningún video. Bastó cerrar los ojos para viajar a un balcón donde alguien me miraba gozar y a mí dejó de importarme todo lo demás.
Aparqué detrás de los árboles, extendí la toalla en el asiento trasero y pensé que estaba completamente solo. No imaginaba lo que vería al encender los faros.
Nunca había sido exhibicionista, pero esa tarde abrí la cortina, puse una silla frente al cristal y me desnudé sin saber quién observaba.
Eran las nueve de la mañana, llevaba un vestido fácil de apartar y un secreto vibrando entre las piernas. Ningún conductor a mi lado imaginaba lo que estaba haciendo.
Me prometí no tocarme hasta llegar a casa, pero entre el trabajo, el gimnasio y un desconocido demasiado guapo, mi cuerpo tenía otros planes.
Mi tío conducía furioso, perdido por enésima vez, y ella aprovechó cada bache y cada volantazo para volverme loco sin que él notara nada.
Se asomó a la barandilla para ver desaparecer el coche de mi tío, y yo me acerqué descalzo por detrás. Llevaba años mirándola así. Esa mañana dejé de solo mirar.
Cerré los ojos para imaginarlo mirándome. Cuando unas manos me sujetaron la cintura por detrás, pensé que sabía de quién eran. Me equivocaba por completo.
Llevaba un bikini negro diminuto, dos triángulos atados con cordones, y me miró por encima del hombro como si ya supiera lo que iba a pasar entre nosotros.
Cuando se torció el tobillo, mi tía no buscó otra silla: se sentó directamente sobre mis rodillas, delante de toda la familia, y empezó a moverse despacio.
Se quedaba quieta contra el espejo, respirando por la nariz, dejándome hacer en silencio mientras el resto del edificio subía sin enterarse de nada.
Llevaba toda la cena sin bragas, sabiendo lo que me hacía. Cuando vio el callejón vacío, levantó apenas la falda roja y se apoyó en la pared sin decir nada.
El ascensor era viejo y estrecho, y ella iba justo delante de mí. Solo tuve que deslizar la mano por detrás y rezar para que su marido no apartara la vista del móvil.
Llevaba meses cruzándomela en el portal y esquivando su mirada. Esa tarde, encerrados en el ascensor con su marido borracho al lado, dejé de esquivarla.