Lo que pasó en la última fila del cine para adultos
Bajé la cremallera del mono en la penumbra, convencido de que estaba solo. Entonces sentí el peso de una mano huesuda posándose despacio sobre mi rodilla.
Bajé la cremallera del mono en la penumbra, convencido de que estaba solo. Entonces sentí el peso de una mano huesuda posándose despacio sobre mi rodilla.
Cuatro meses después, volvimos al mismo vestuario buscando repetir aquella tarde. No contábamos con que un tercero, joven y descarado, nos estuviera observando desde el otro extremo.
Se decían hermanos, machos, intocables. Pero cada excusa —la creatina, el cansancio, la técnica— escondía la misma verdad que ninguno se atrevía a nombrar.
Bajó la voz hasta un susurro ronco al otro lado del tabique, y supe que jamás volvería a sentarme frente a él en una reunión sin recordarlo.
Llevaba semanas deseando que volviera a buscarme. Esa noche entendí que, si quería sentir de nuevo aquello, tendría que ir yo a buscarlo a otra parte.
No había dormido en dos días, pero unos pasos en el pasillo a oscuras lo despertaron: alguien entraba al baño donde ya esperaba otro chico, y nadie más lo sabía.
Bajó del estrado temblando de rabia. No quería estar solo: cruzó el pasillo del apartamento y empujó la puerta de la suite donde sus dos hombres ya lo esperaban despiertos.
Empezó como un juego en la última fila del teatro y terminó siendo una adicción: buscar el rincón más imposible de la ciudad para perder el control.
Cuando cruzaron el portal con la falda rosa y las orejas de conejito, sintieron todas las miradas clavarse en ellos. Y el juguete seguía latiendo dentro de los dos.
Cuando me abrió la puerta en calzoncillos y me dijo «de rodillas, en silencio», supe que esa noche valdría la cruzada en Uber hasta la otra punta de la ciudad.
Me había jurado que solo íbamos a mirar. Pero cuando aquel desconocido posó la mano en el hombro de Eduardo, supe que yo tampoco iba a poder quedarme quieto.
El vagón iba vacío a esa hora de la madrugada. Cuando aquel hombre se sentó casi frente a mí y empezó a mirarme sin disimulo, supe que el viaje no sería como los demás.
Sentí su cuerpo grande apretándose contra mi espalda en cada frenada, y cuando susurró «bajamos en la próxima» supe que no iba a poder decirle que no.
Le dije que se trajera los modelitos más exagerados que tuviera. Quería pasearla por la ciudad y, al volver al hotel, perderme entre sus pies durante horas.
A la una de la madrugada se quitó los tacones para provocar, como siempre. No sabía que esa noche alguien iba a convertir su capricho en una orden.
Los fines de semana no voy al cine por la película. Voy a sentarme atrás, a esperar que unos pies desconocidos se apoyen en mí y decidan cuánto puedo aguantar.
Subió descalza al autobús con las zapatillas en la mano y, al fondo, un desconocido no podía apartar los ojos de sus pies desnudos sobre el asiento.
Él decidía cuándo me desnudaba, cuándo me ataba y delante de quién. Yo solo tenía que obedecer, y descubrí que obedecer me encendía más de lo que jamás admití.
Llevaba años persiguiendo este momento en aeropuertos y trenes, pero nunca imaginé que una desconocida me dejaría adorar sus pies descalzos en pleno vuelo.
Sentí sus pies descalzos sobre mi hombro en plena oscuridad. Entonces una voz me preguntó si me gustaba cómo olían sus calcetines, y solo supe responder que sí.