Me arriesgué a que me vieran en aquel auto a oscuras
Caminé hacia el parque chupando una paleta, con la falda tan corta que el aire fresco me rozaba, sabiendo que cualquiera que pasara podía verme.
Caminé hacia el parque chupando una paleta, con la falda tan corta que el aire fresco me rozaba, sabiendo que cualquiera que pasara podía verme.
Llevaba dos días ardiendo por dentro. Había descubierto algo en mi marido que no podía sacarme de la cabeza, y esa tarde decidí jugar con fuego.
Salí a comprar una hamburguesa a la una de la mañana y terminé subiendo al segundo piso del gimnasio, sin ropa interior bajo el vestido. Él entrenaba solo.
Las órdenes fueron claras: nada de móviles, nada de cámaras. Y un contrato que firmé sin leer del todo, porque ya sabía que esa noche dejaría de ser una persona.
Cerré la puerta, lo besé sin permiso y entendí que esta vez no me iba a ir hasta conseguir exactamente lo que había venido a buscar, con toda la sala escuchando.
Veinte años casados y cada uno escondía su propio secreto: él en baños ajenos, yo sin saber aún lo que esa mujer del yoga estaba a punto de despertar en mí.
Lo vi por el retrovisor: deportivo, con un bulto marcado bajo la licra, esperando una señal mía. Subí las ventanillas y todavía dudo por qué.
No eran ni las siete y el calor ya apretaba. Solo él sabía cómo reconocerme: yo era la única con mallas azules corriendo por el sendero.
Levantó la mano contra mí delante de todos, y en cuestión de segundos pasó de creerse un macho intocable a suplicar de rodillas, desnudo y temblando.
Nunca había dejado que tantos ojos me recorrieran a la vez. Y lo peor —o lo mejor— es que mi marido disfrutaba cada segundo desde la barra.
Lo que más me ponía era ver cómo otros la miraban. Aquella tarde, en la arena, dejé de mirar y le hice un gesto al desconocido para que se acercara.
Le pedí que abriera las piernas en la gasolinera y al empleado casi se le salen los ojos. Esa mañana entendimos que el morbo de que la miraran nos podía con todo.
Salí del trabajo sin ropa interior y con la blusa entreabierta. Solo quería sentir el aire entre las piernas. No imaginaba a quién encontraría en el vagón.
Me maquilló, me eligió el vestido más corto del armario y me soltó en la pista. No imaginé que terminaría rodeada de manos extrañas hasta el amanecer.
Nunca me había desnudado delante de extraños. Esa mañana de calor decidí que era el día, sin imaginar que alguien me devolvería la mirada.
Cuando subió al taxi de confianza con un vestido corto y nada debajo, ni ella ni el conductor imaginaban hasta dónde llegaría el juego frente al espejo retrovisor.
Salí huyendo del trabajo y a los pocos kilómetros me cambiaba en el coche, con los camiones pasando a un metro. No imaginaba lo que esa noche iba a despertarme.
«La paciencia es una virtud», dijo sin levantar la vista del café. Y yo, que llevaba un mes sin permiso para terminar, supe que la prueba empezaba ahí.
Aquella noche no llevaba condón en el bolso ni intención de pedirle que se pusiera uno. Solo quería sentir hasta dónde éramos capaces de llegar.
Nadie en aquella casa sabía lo que escondía bajo el vestido negro. Nadie excepto él, el desconocido de la máscara al que se lo entregué en un pasillo a oscuras.