Lo que pasó en la cala con el novio de mi primo
Lo conocí en un velatorio, del brazo de mi primo. Días después me lo crucé en un bar y supe que aquel rechazo todavía pedía cobrarme una pequeña deuda con él.
Lo conocí en un velatorio, del brazo de mi primo. Días después me lo crucé en un bar y supe que aquel rechazo todavía pedía cobrarme una pequeña deuda con él.
La nueva se sentó a mi lado y abrió las piernas para que yo viera lo que tenía debajo de la pollera. La clase de biología nunca fue tan larga.
Vi a mi mujer entrar al cuarto del socorrista con la cabeza baja y la toalla pegada al cuerpo. La puerta quedó entreabierta. No supe si irme, gritar o quedarme a mirar.
Llegué temprano a la piscina con un bikini que dejaba poco a la imaginación. Quería saber si la chica de la sonrisa coqueta se animaría a algo más.
Cuando aceptamos bajar del coche, no sabía que mi blusa terminaría hecha jirones, las maletas en mis manos y el resto del fin de semana sin ropa interior.
Bajé al baño a las tres de la mañana y escuché la risa de mi tía detrás de la cortina. Mi padre apareció a mi espalda con la misma sonrisa cómplice.
Lorena se quitó el pareo frente a todos y me eligió a mí para contar los treinta segundos. Mientras tanto, mi mujer dormía en la cabaña sin sospechar nada.
Cuando me arrancó la toalla en el porche y los vecinos pararon de cenar para mirarme, entendí que aquel verano iba a ser muy distinto al que yo había imaginado.
Entré sola al probador con un body de encaje rojo en la mano. No sabía que del otro lado de la cortina un extraño esperaba el momento exacto para mirarme.
Mis amigos paseaban riendo entre vitrinas. Yo me detuve frente a la suya y, por la forma en que me devolvió la mirada, supe que aquella noche no era para ellos.
Bajé al pasillo del baño cuando ya nadie miraba. Escuché su voz primero, después la suya. No abrí la puerta. Me quedé quieto, oyendo cómo se rompía mi vida.
Subí a la furgoneta de un grupo de guiris sin pensarlo dos veces. Mi novio tardaría diez minutos en volver del supermercado. A mí solo me hacía falta uno.
Tenía cincuenta y dos años, un matrimonio tibio y unas medias de encaje que esa mañana decidió usar. Lo que no esperaba era el hombre que subiría dos paradas después.
Salí del baño con la boca corrida y un latido nuevo. Ella, con la huella roja de mi labial en sus labios, no sabía que su novio ya la estaba mirando.
Cuando se quitó el vestido en mitad del claro, con la barriga enorme bajo el sol y los tres amigos de su hijo mirándola, supe que esa tarde no iba a ser un paseo.
A las tres de la mañana le pedí que abriera la puerta de la tienda. Nunca pensé que ella diría que sí, ni mucho menos lo que vendría después en la playa.
Daniela arrastraba a su novio inconsciente hacia el taxi. Levantó la vista hacia el conductor y supo, antes de que él hablara, que la noche aún no estaba terminada.
Llegó al aparcamiento sin saber qué esperar; cinco minutos después, un Clio gris frenó pegado al suyo y desde el cristal lo miraba una mujer que no había visto en su vida.
Cuando bajó del coche y todos los hombres del salón giraron la cabeza, entendí que esa noche mi esposa no era mía: era de quien se atreviera a mirarla.
La sala estaba casi vacía cuando empezó la película, y yo ya sabía que no iba a mirar la pantalla. Tenía otros planes para esa última fila.