Le masajeé los pies hasta que se le escapó un gemido
Sabía que tenía novio y que no debíamos. Pero esa noche apoyó el pie descalzo contra mi pierna, me miró de reojo y entendí que el masaje no iba a quedarse en un masaje.
Sabía que tenía novio y que no debíamos. Pero esa noche apoyó el pie descalzo contra mi pierna, me miró de reojo y entendí que el masaje no iba a quedarse en un masaje.
Vino en bicicleta a buscar el beso que le había prometido. Lo que se llevó esa noche fue mucho más, y todo a tres metros del sofá donde cenaban mis padres.
La puerta entreabierta dejaba escapar jadeos. Pegó el ojo a la rendija y reconoció el uniforme blanco de su mujer en el suelo. Algo en él se encendió en vez de romperse.
Cuatro horas de quirófano, el pasillo desierto y un enfermero que llevaba meses mirándola. Esa noche, Valeria decidió que no quería pensar.
Cuando bajé al lobby buscando escapar de la fiesta corporativa, no esperaba al camarero que me miraría como si supiera exactamente lo que yo necesitaba esa noche.
Nunca pude distinguirlas. Una me besaba con ternura; la otra me ataba y me usaba. Tarde entendí que jamás hubo un error: las dos lo planearon todo.
El viejo de la despensa tenía las dos últimas botellas del vino que necesitaba para esa noche. Y tenía muy claro lo que iba a cobrarme por ellas antes de dejarme salir.
Salí del baño a las tres de la mañana creyendo que dormían todos. El menor de los hermanos me esperaba apoyado en la pared, con una sonrisa que ya conocía.
Salí de la ducha envuelta en una toalla y lo encontré en el living, con la mano dentro del pantalón y mi cuerpo desnudo congelado en la pantalla de mi notebook.
Llevaba doce años apagándome en silencio. Esa noche me puse el vestido que él odiaba, salí sin avisar y no volví siendo la misma mujer.
Lo nuestro vivía en la penumbra, escondido de todos. Tardé once meses en entender que para él yo nunca había sido más que un juego entre amigos.
Sabía que estaba sola en la finca con él. Me vestí para que no pudiera mirar hacia otro lado, y crucé el jardín dispuesta a conseguir lo que quería.
Cuando moví el ratón del portátil de Sebastián y vi el nombre de mi mejor amiga en la pantalla, supe que ya nada volvería a ser como antes.
Llegó al pueblo creyendo que cuidar al abuelo enfermo era un acto de cariño. No imaginaba que cada cucharada y cada baño la llevarían a un lugar del que ya no podría volver.
Bajé al balcón a tomar aire y oí su risa ronca del otro lado del tabique. Entonces empezaron los primeros gemidos, y supe que no eran fingidos.
Aún sentía el calor del polvo de mi novio entre las piernas cuando le mandé el mensaje. Media hora después él estaba en mi puerta, sin avisar.
Salí del aula con la falda corta y la cabeza llena de él. Sabía que me esperaba entre los toboganes, y sabía perfectamente lo que iba a pasar ahí.
Releía sus mensajes solo para torturarme. Pero esa noche, con el vibrador en la mano, dejé de imaginarlo a él y empecé a imaginarla a ella.
Llevaba dos años con Rodrigo y se decía a sí misma que era solo una copa con un compañero. Cuando entró al departamento de Lautaro, supo que ya no había vuelta atrás.
Contrataron al stripper como una broma. Pero cuando el prometido tocó la puerta a las tres de la mañana, la despedida se transformó en algo que ninguna olvidaría.