Descubrí su engaño y esa noche me dejé seducir
Llevaba semanas fingiendo que todo estaba bien, hasta que esa noche un hombre me miró como mi esposo había dejado de mirarme, y decidí no resistirme.
Llevaba semanas fingiendo que todo estaba bien, hasta que esa noche un hombre me miró como mi esposo había dejado de mirarme, y decidí no resistirme.
Bajé al estacionamiento dispuesta a llorar sola, pero la mano que golpeó el vidrio del coche aquella noche no traía consuelo: traía una propuesta que no supe rechazar.
Acepté la propuesta sin pensar en lo lejos que podía llegar. Cuando me vi desnuda frente a dos viejos amigos, supe que ya no iba a poder pararla.
Su marido se fue al patrullaje sin mirarla. A las nueve, ella ya había elegido la ropa con la que iba a abrirle la puerta a otro hombre.
Cuando entró al gimnasio supe que la conocía, pero no de dónde. Una hora después la tenía desnuda en la ducha y mi vida estaba por partirse en dos.
Llevaba dos semanas con el deseo prendido como una mecha. Cuando su marido cerró la puerta y se marchó al pozo, supo que esa noche no dormiría sola.
Mi esposo agonizaba en el sofá y me hizo la pregunta que nunca esperé. Treinta años después, decidí contarle aquella tarde con el albañil que vino a ampliar la casa.
Esa tarde subí las escalinatas de la iglesia decidido a buscarlo, pero fue un guitarrista en la plaza quien me terminó cambiando la vida entera.
Lo confirmó él mismo en el patio, sin levantar la voz. Esa misma noche, ella me lo contó todo en la cama. Pero lo que pasó después no estaba en mis planes.
Don Genaro me lo planteó como un juego: un agujero en la pared, un chico que me gustaba y la oscuridad. Acepté sin saber quién estaba en realidad del otro lado.
Lo que pasó esa noche entre Lorena y yo nunca debió saberse. Pero el grito que vino del otro lado de la pared me confirmó que ya era demasiado tarde.
Llevaba el uniforme del colegio cuando me agaché por primera vez en la tienda del barrio. Al levantarme, supe que él ya no podría volver a mirarme igual.
Camila levantó los ojos del libro por encima de unas gafas que me dejaron sin aire. No imaginé entonces que aquella mesa libre cambiaría mi historia.
Ese chico de veintipocos años no apartaba los ojos de mi escote, y yo, con cuarenta y tantos cumplidos, fingí no darme cuenta. Hasta que coincidimos frente al baño.
Diego entró detrás de mí al baño del bar y echó el pestillo. Yo sabía perfectamente lo que iba a pasar y, a esas alturas, ya no me quedaban fuerzas para detenerlo.