La esposa recatada de mi compañero pidió más
Bajo aquella ropa amplia y discreta se adivinaba una hembra con el deseo intacto. Yo solo tenía que esperar a que dejara de fingir delante de su marido.
Bajo aquella ropa amplia y discreta se adivinaba una hembra con el deseo intacto. Yo solo tenía que esperar a que dejara de fingir delante de su marido.
Trepé al árbol detrás del internado para confirmar lo que ya sabía. No imaginé que verla con él en el balcón despertaría algo entre la rabia y el deseo que jamás había sentido.
Cerré la puerta con llave y apagué las luces de la sala de estudio. Lo único que quería esa tarde era consolarla; lo único que quería ella, olvidar a su novio.
Faltaba una hora para la cena, los niños veían dibujos en la sala y yo crucé el jardín buscando a mi mujer. La puerta de la lavandería estaba entornada.
Cuando me miré al espejo del hotel con el rímel corrido y las marcas en el cuello, supe que ninguna mentira iba a bastar cuando llegara a casa.
Llevaba meses dejándola bailar sola, esperando que alguno insistiera lo suficiente. Esa noche un hombre más alto que yo lo consiguió.
Las iniciales del amante no estaban escritas con todas sus letras, pero coincidían con las del hombre que en ese momento fumaba en mi balcón.
Somos idénticas, le repitió mientras le pintaba los labios. Y era casi cierto: solo un detalle separaba a las gemelas, y era justo el que Carla nunca le había confesado a su novio.
La falda venía rota, los labios hinchados y olía a un hombre que no era yo. Lo peor no fue verla así: fue lo que me ordenó hacer después.
Nunca había pagado por sexo, y mucho menos a una trans. Pero esa madrugada, con el carro lleno de gasolina y la cabeza llena de morbo, di una vuelta de más.
Entré con la llave que me dejó en la maceta. Lo que no esperaba era encontrarla a ella esperándome con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
Cuando me agaché para acomodar la caja en la bodega, Adela giró despacio y me dejó ver el encaje blanco bajo la blusa. Esa noche supe que la ruta había cambiado para siempre.
Cuando entré en la cocina ella ya tenía la lasaña en el horno y dos copas servidas. La pegué contra el mármol antes de que pudiera dejar la fuente.
Marina dejó la libreta abierta en la letra C. Yo solo iba a hablar de mi bloqueo en la cama, pero aquella primera consulta no terminó como cualquiera imaginaría.
Llegué a su casa una hora antes que mi novia. Mi suegra abrió la puerta con bata corta, un whisky servido y una sonrisa que no era inocente.
Crucé esa puerta convencida de que las mujeres no eran lo mío. Salí dos horas después sabiendo que esa frase era la mentira más grande que me había dicho.
Cuando abrí la puerta para respirar el aire mojado, alguien saltó la tapia. Estaba desnudo, no dijo su nombre, y mi marido seguía durmiendo dentro de la casa sin saber nada.
Hace meses que duermo solo. Pero cuando el insomnio aprieta, vuelvo a tenerla encima de mí, gimiendo mi nombre como antes de que todo se rompiera.
Apago la lámpara, cierro los ojos y dejo que su voz al otro lado de la pared marque el ritmo de mi mano. Ya no es mía, pero todavía me corro pensando en ella.
Durante un año entero viví dos vidas: la profesional perfecta junto a mi pareja, y la amante insaciable que volvía cada noche al hotel. Hasta que la televisión anunció su muerte.