Me ordenó que no parara y obedecí toda la noche
Su tanga olía a todo el día y no me resistí: subí a la cama dispuesto a probarla mientras dormía, sin saber que ella llevaba un rato esperándome despierta.
Su tanga olía a todo el día y no me resistí: subí a la cama dispuesto a probarla mientras dormía, sin saber que ella llevaba un rato esperándome despierta.
Marcela me miraba por el retrovisor con una sonrisa que no era la de una madre tranquila. Yo no sabía que esa tarde lo cambiaría todo entre nosotros.
Durante un año soñó con el día en que pudiera devolverle cada engaño. La noche del Día de Muertos, un amuleto de obsidiana le ofreció exactamente eso.
Me tomó del brazo en plena calle y susurró que, si la soltaba, quizá desaparecería. No imaginé hasta dónde llegaría esa noche ni el precio que pagaría por seguirla.
El mensaje llegó al atardecer: preséntate a las 13:45, vestido negro, sin joyas, sin bolso. El resto, obedecerás. Era la única moneda que me quedaba.
Apoyados en la encimera creyeron que la casa estaba vacía. No contaban con que ella volviera antes de tiempo, ni con lo que guardaba para quienes se atrevían a engañarla.
Salí dispuesta a que él me viera con otros, pero terminé entre dos coches, en una calle vacía, dejándome usar por alguien a quien apenas conocía.
Tenía ocho meses de panza, las hormonas a mil y un hombre sudado trabajando en el cuarto del bebé. Esa tarde dejé de ser la esposa recatada que todos creían.
Insistió tanto en acompañarme hasta el portal que terminé invitándolo a subir. A las ocho de la mañana sonó su teléfono y todo lo que creía cambió de golpe.
No cuento esto para aliviar mi conciencia, sino para confesar hasta dónde fui capaz de llegar aquella tarde, con él dormido en la camilla y ella a unos metros.
Esa madrugada perdí mi dinero, mi ropa interior y la idea que tenía de mí misma. Lo que pasó después en aquel parque vacío no se lo había contado nunca a nadie.
Bajé el tenedor que se le había caído y, al agacharme bajo la mesa, descubrí algo que ninguno de los adultos sospechaba. Esa noche todo cambió.
Aquella tarde el masaje me dejó ardiendo. Nunca imaginé que terminaría de rodillas frente a un desconocido en mi propio salón, ni quién me sorprendería allí.
Acepté la fantasía de mi novio creyendo que los dos saldríamos ganando. Esa madrugada, mientras yo gritaba en una habitación, él escuchaba todo del otro lado de la puerta.
Se metió en la cama desnuda, salvo por el tanga, y me susurró al oído: no te gires, no digas nada, solo escúchame. Entonces empezó a contarme lo de esa noche.
Volví a casa a las seis de la mañana con su perfume pegado al cuerpo y las nalgas todavía rojas. Mi esposa me esperaba despierta, sonriendo, sin sospechar nada.
Me había mentido en todo: su nombre, su trabajo, la razón por la que se acercó a mí. Lo único cierto fue cómo temblaba cuando volví a tocarla.
Todos en la facultad sabían cómo era yo, y al vigilante de la entrada le bastó una sonrisa para entender que esa tarde, después del aseo, no me iría tan rápido.
Pasé el medio siglo, llevo treinta años casada y nunca he sido fiel. Estas son las escapadas secretas que mantuvieron vivo mi matrimonio.
Aprendí muy temprano que mi cuerpo valía más que cualquier título. Lo que ninguno de ellos supo es que jamás sentí nada mientras me pagaban.