Mi marido nos miraba desde la ventana esa noche
Volvimos de las vacaciones y mi marido seguía con la misma idea fija: ofrecerme a otro hombre y quedarse mirando. Esa noche, por fin, lo dejé disfrutar del espectáculo.
Volvimos de las vacaciones y mi marido seguía con la misma idea fija: ofrecerme a otro hombre y quedarse mirando. Esa noche, por fin, lo dejé disfrutar del espectáculo.
Le pasé el teléfono para que viera las fotos de las vacaciones, sin recordar lo que había unas pantallas más adelante. Su cara cuando llegó allí lo cambió todo.
La primera mano en mi culo me asustó. La segunda la estuve esperando toda la noche, agachándome más de la cuenta para que volviera a pasar.
Cartografiaba una selva donde nadie hablaba mi idioma y, sin embargo, fue allí, entre cuerpos pintados de arcilla, donde dejé de sentirme un fantasma.
Treinta años de amistad y nunca había pasado nada. Hasta que un grifo reventó, la camiseta se le pegó al cuerpo y me dijo: «Quítate la ropa».
No nos exhibimos para que nos vean: simplemente dejamos de escondernos. Y si una persiana se mueve al otro lado del seto, ella sonríe y abre un poco más las piernas.
Sonia me esperaba en la puerta del restaurante con un vestido tan corto que cada vez que respiraba contaba un secreto. Y yo había ido dispuesta a contar el mío.
Apagué la luz de la terraza y me quedé inmóvil, fumando, mientras al otro lado del cristal ellos empezaban sin disimulo. Y supe que querían que mirara.
Escondí mis prendas por todo el terreno y me juré recuperarlas antes del quinto orgasmo. El claxon de aquel auto detenido frente a la reja lo cambió todo.
El traqueteo del autobús medio vacío me encendió, y cuando bajé la mano bajo la falda no imaginé que alguien al otro lado del pasillo no me quitaría los ojos de encima.
Marina no había dormido de la emoción. Lo que ninguna de las tres imaginaba era que aquella cala escondida iba a desnudarnos mucho más que la ropa.
Bajamos al garaje a jugar como cuando éramos novios. Lo que no esperábamos era que esa noche hubiera alguien más despierto entre los coches.
A los treinta y nueve, pensé que ya nada me sorprendía. Entonces abrí esa página, apareció él al otro lado de la pantalla y descubrí cuánto me gustaba que me miraran.
Solo necesitaba un baño esa tarde de calor. Lo que ese viejo del taller hizo con su celular me dejó atrapada y a su merced durante días.
La mayor parte del tiempo soy el hombre que nací. Pero algunas noches me pongo la peluca, me miro al espejo y dejo que Sabrina salga a buscar lo que de verdad quiere.
Salí de casa con un vestido normal, pero debajo llevaba algo que solo él vería. Sabía lo que iba a pedirme, y yo ya había decidido decir que sí.
La cité a las diez y media de la mañana, pero recién apareció a las dos de la tarde. Para entonces yo ya había pensado exactamente dónde y cómo iba a tenerla.
Volví de la segunda cita con el corazón acelerado, y lo que menos imaginaba era que mi propio esposo, esa noche, me pediría que se lo contara todo.
Pensaba que aquellas fotos eran solo mías, hasta que ella contó hasta cinco frente a los barcos y se levantó el vestido sin avisar.
Cuando salió del agua y vi que la tela se le pegaba al cuerpo sin esconder nada, entendí que ese día íbamos a ser el centro de todas las miradas.