Dejé que un desconocido mirara a mi novia en la playa
Estábamos casi solos frente al mar cuando ella se desató el bikini y, a pocos metros, un hombre giró la cabeza y ya no volvió a mirar el agua.
Estábamos casi solos frente al mar cuando ella se desató el bikini y, a pocos metros, un hombre giró la cabeza y ya no volvió a mirar el agua.
Cuando le vendé los ojos no esperaba ver al viejo del balcón observándonos. Y en lugar de bajar la cortina, le ofrecí a mi novia.
Dejé la cortina del probador entreabierta a propósito. Lo que no esperaba era que la mujer de enfrente hiciera exactamente lo mismo y se sentara a mirarme.
Rodeada de edificios más altos, su azotea parecía un escondite. Hasta que entendí que cada ventana era un par de ojos esperando ver lo que íbamos a hacer.
Bajo el abrigo largo no llevaba absolutamente nada, y en cuanto las puertas se cerraron mandé el ascensor al piso más alto del edificio para tenerla solo para mí.
Bajé la voz hasta volverla un susurro: —Imagina que vamos por la autopista y alguien, desde otro coche, ve justo lo que te hago con la mano.
Sabía que alguien podía verme desde la calle. Por eso dejé la persiana abierta, me senté frente a la ventana y empecé a tocarme despacio, esperando esa mirada.
Cuando solo me quedaban el sujetador y el tanga, mi amiga subió al escenario y pidió que la música empezara otra vez. No quería dejarme sola allí arriba.
Estaba furiosa con la idea de mi marido, pero cuando me quité la última prenda y floté desnuda frente a ellos dos, entendí que me gustaba más de lo que debía.
Me arrodillé en la arena de espaldas a ellas, fingiendo buscar algo en el bolso, sabiendo perfectamente que las dos no podían apartar los ojos de mí.
Bajé descalza por el pasillo mientras él dormía, decidida a darle a mi marido los cuernos que tanto deseaba, pero a mi manera: sin que nunca llegara a saber que ya los tenía.
Llevábamos doce años casados y jamás la había visto tan dueña de sí misma como aquella tarde, dejándose mirar de pie en el agua por hombres que no conocíamos.
Me senté frente a un desconocido, crucé las piernas muy despacio y dejé que mirara. Lo que no sabía era que no era el único par de ojos clavado en mí.
Subí al último vagón pensando en un viaje tranquilo. Nunca imaginé que la mujer del vestido verde me invitaría a mirar todo lo que su pareja iba a hacerle.
Le dije que el límite lo ponía ella. Lo que no esperaba era cuánto me gustaría quedarme a un lado, mirando, mientras otros la descubrían.
La primera vez fue un reflejo en el cristal: una silueta inmóvil al otro lado del patio, mirándola desayunar en bata. No apartó la cortina. Tampoco la cerró.
La calentura del ascensor seguía encendida cuando entramos al departamento, y mi novio ya se había acomodado en una silla, dispuesto solo a mirar.
Cuando le bajé el tanga para ponerle crema, noté que la pareja de al lado había dejado de disimular. Y entonces entendí que mirar también era parte del juego.
Mientras ellas se iban de compras, nosotros nos quedamos solos con una cerveza, un móvil lleno de fotos y demasiada curiosidad por lo que el otro escondía.
Creí que llegar a la hora muerta me protegería de las miradas. No conté con que ellas entrarían a limpiar justo cuando yo salía de la ducha.