Lo que mi novio me hizo durante mi primer directo
Mateo le prometió que sería un éxito. Lo que no le dijo es que pensaba esconderse bajo el escritorio mientras ella saludaba a sus primeros seguidores en vivo.
Mateo le prometió que sería un éxito. Lo que no le dijo es que pensaba esconderse bajo el escritorio mientras ella saludaba a sus primeros seguidores en vivo.
Aquella mañana, mientras se vestía sin pudor frente a mí, entendí que el verdadero juego no era el sexo: era cuánta gente quería que la mirara.
Nunca había hecho algo así. Pero esa tarde, mientras buscaba quién arreglara el techo, me di cuenta de que en realidad estaba cazando otra cosa.
Sabía que aquel hombre nos miraba desde la penumbra, y en lugar de cubrirme dejé que mi amigo levantara despacio el borde de mi vestido.
Levantó una toalla entre las puertas del coche para esconderse de todos. No contaba con el viento, ni con la cantidad de ojos que ya la observábamos.
Cuando llegó, fingí dormir boca abajo para que no me viera en topless. No imaginé que esa tarde dejaría que sus manos repartieran la crema por mis piernas.
Quedamos en algo sencillo: una llamada perdida cuando empezaran, y yo apareciendo en mi balcón como si fuera casualidad. Esa noche cambió todo.
Aprendí que el placer no estaba en el mar ni en el paisaje, sino en el instante exacto en que un desconocido se daba cuenta de que yo no llevaba nada debajo.
Nunca pensé que una función de las cuatro y media terminaría conmigo conteniendo la respiración, rezando para que nadie mirara hacia nuestra fila.
Llevaba años manteniendo las distancias con la mujer de mi mejor amigo. La tarde que él me reveló su secreto, esa distancia estaba a punto de desaparecer.
Una ola traviesa, una toalla mojada y, de pronto, mi bikini pegado a la tela mientras yo seguía de pie. Lo que vino después me cambió para siempre.
Le dije a Mateo que me broncearía de frente. No le confesé que el verdadero placer estaba en saber que cada hombre que pasaba se detenía a mirarme.
Cambié de horario para entrenar sola, sin miradas pesadas. Lo conseguí durante una semana. Hasta que él cruzó la puerta y todo mi cuerpo me traicionó.
Acepté el fetiche de mi novio y salí vestida para que me miraran. Nunca pensé que terminaría a solas con un policía que me observaba demasiado.
Cuando el obi le apretó la cintura, supo que ya no había vuelta atrás: cada pliegue lo borraba un poco más, y nunca había deseado nada con tanta vergüenza.
Cada vez que subo al coche me aseguro de llevar las pinzas sujetas al volante. Así empezó todo, una tarde de calor en la que no encontraba dónde había aparcado.
La noche antes de partir encendimos la pantalla, pusimos los videos de aquella mansión y dejamos que el recuerdo nos preparara para lo que la isla nos guardaba.
Durante años mi madre paraba en aquel arcén con cualquier excusa. Aquel verano, viajando las dos solas, por fin me confesó lo que de verdad buscaba allí.
Eran las tres de la madrugada y dos siluetas se movían dentro del agua. Me quedé mirando desde la ventana, sin saber que mi mujer ya estaba despierta detrás de mí.
Creí que dormía mientras una rubia se acercaba a mí en la playa. Al volver, me confesó que lo había visto todo con los ojos entreabiertos.