Me penetré con una botella frente al espejo
No necesitaba a nadie esa noche. Solo el espejo, mis tacones, una botella fría y las ganas de ver hasta dónde era capaz de llegar yo sola.
No necesitaba a nadie esa noche. Solo el espejo, mis tacones, una botella fría y las ganas de ver hasta dónde era capaz de llegar yo sola.
Sabía que mi punto débil eran las medias de nylon. Lo que no sabía es que ella lo usaría toda la noche para tenerme exactamente donde quería.
Sabía que vendría arrastrándose. Lo que él no sabía era cuánto pensaba hacerlo esperar antes de dejar que rozara siquiera la punta de mi pie.
La primera vez que un hombre me pidió arrodillarse para besar mis plantas, entendí que no era un capricho suyo: era un poder que llevaba conmigo desde siempre.
Me gusta el instante exacto en que un hombre entiende que solo tocará mis pies si obedece. Esa tarde, Mateo lo entendió de rodillas y con la respiración entrecortada.
La primera vez que lo vi arrodillarse para besarme el tobillo entendí algo: no era yo quien suplicaba. Por fin alguien me obedecía sin que tuviera que pedirlo.
Llevaba un año limpiando su casa sin que me mirara a los ojos. La tarde que me quité los zapatos junto a la piscina, descubrí que llevaba meses mirándome los pies.
Estaba solo en su departamento cuando vi sus sandalias junto al sofá. Sabía que no debía tocarlas, pero esa noche descubrí de qué era capaz por un capricho que jamás confesé.
No eran mías y eso era justo lo que las hacía irresistibles. Las levanté del suelo del lavadero sabiendo que esa noche haría con ellas todo lo que llevaba meses imaginando.
Lo tengo controlado: finjo mirar al suelo. Pero aquella mañana, un par de pies descomunales se cruzó frente a mí y su dueña me clavó una mirada que no admitía negativa.
Me ofreció dinero por dejarlo arrodillarse. Lo que no le dije es que, una vez en el piso, sería yo quien decidiera cuánto le iba a costar cada centímetro.
«No te muevas de ahí», me ordenó con la voz baja, apretando el talón contra mí. Y yo, un desconocido, obedecí sin pensarlo dos veces.
Bastó deslizar el tacón fuera del talón para que dejara de mirarme a los ojos. Y yo descubrí cuánto poder cabía en la punta de un pie.
Le dije que había baños en el local. Vi cómo entendía lo que de verdad le ofrecía, y cómo su cuerpo lo deseaba antes de que su orgullo terminara de rendirse.
Tenía los pies hinchados por el partido y una sonrisa que lo sabía todo. Yo solo quería arrodillarme y demostrarle hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Cuando el kimono cayó al suelo, vi el dragón verde trepar por su costado hasta el pecho. La chica tímida que mis amigos creían conocer no existía.
El mensaje de aquella mañana no dejaba lugar a dudas: esa tarde yo no iba a ser un hombre, iba a ser su juguete. Y ella pensaba cobrarse cada promesa al pie de la letra.
No podía dejar de mirarle las botas. Cuando me pilló, en vez de apartarse, me preguntó si era de los que se mueren por besar suelas.
Sabía que tenía novio y que no debíamos. Pero esa noche apoyó el pie descalzo contra mi pierna, me miró de reojo y entendí que el masaje no iba a quedarse en un masaje.
Cada gesto está calculado: el roce de las medias, el tacón que cuelga de mis dedos, la sonrisa que les hace sentir culpables. Hoy me he levantado con ganas de jugar.