La noche que me rendí a sus sandalias rosas
Estaba solo en su departamento cuando vi sus sandalias junto al sofá. Sabía que no debía tocarlas, pero esa noche descubrí de qué era capaz por un capricho que jamás confesé.
Estaba solo en su departamento cuando vi sus sandalias junto al sofá. Sabía que no debía tocarlas, pero esa noche descubrí de qué era capaz por un capricho que jamás confesé.
No eran mías y eso era justo lo que las hacía irresistibles. Las levanté del suelo del lavadero sabiendo que esa noche haría con ellas todo lo que llevaba meses imaginando.
Lo tengo controlado: finjo mirar al suelo. Pero aquella mañana, un par de pies descomunales se cruzó frente a mí y su dueña me clavó una mirada que no admitía negativa.
Me ofreció dinero por dejarlo arrodillarse. Lo que no le dije es que, una vez en el piso, sería yo quien decidiera cuánto le iba a costar cada centímetro.
«No te muevas de ahí», me ordenó con la voz baja, apretando el talón contra mí. Y yo, un desconocido, obedecí sin pensarlo dos veces.
Bastó deslizar el tacón fuera del talón para que dejara de mirarme a los ojos. Y yo descubrí cuánto poder cabía en la punta de un pie.
Le dije que había baños en el local. Vi cómo entendía lo que de verdad le ofrecía, y cómo su cuerpo lo deseaba antes de que su orgullo terminara de rendirse.
Tenía los pies hinchados por el partido y una sonrisa que lo sabía todo. Yo solo quería arrodillarme y demostrarle hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Cuando el kimono cayó al suelo, vi el dragón verde trepar por su costado hasta el pecho. La chica tímida que mis amigos creían conocer no existía.
El mensaje de aquella mañana no dejaba lugar a dudas: esa tarde yo no iba a ser un hombre, iba a ser su juguete. Y ella pensaba cobrarse cada promesa al pie de la letra.
No podía dejar de mirarle las botas. Cuando me pilló, en vez de apartarse, me preguntó si era de los que se mueren por besar suelas.
Sabía que tenía novio y que no debíamos. Pero esa noche apoyó el pie descalzo contra mi pierna, me miró de reojo y entendí que el masaje no iba a quedarse en un masaje.
Cada gesto está calculado: el roce de las medias, el tacón que cuelga de mis dedos, la sonrisa que les hace sentir culpables. Hoy me he levantado con ganas de jugar.
Le pedí que se calzara mis tacones para sacarle una cabeza de altura, y en su cara entendí que esa noche él no mandaba nada.
Lo que vio por aquel agujero en la pared lo cambió todo. Días después, era él quien estaba desnudo sobre la camilla, suplicando que ella no se riera.
Llevábamos dos años compartiendo piso y nunca me había mirado así. Esa tarde de verano descubrí lo que de verdad escondía en el móvil cuando entré sin avisar.
La mesa estaba puesta como un banquete real, pero solo había una silla. Y cuando ella entró envuelta en seda blanca, Mateo entendió quién era el verdadero plato del día.
Apenas oí sus llaves peleando con la cerradura supe que iba a tener que disimular. Lo que no sabía era que ella había venido decidida a no dejarme.
Le ofrecí un masaje para sus pies cansados y, sin darme cuenta, crucé la única línea que jamás debí cruzar con ella esa noche.
Ni siquiera leí las cláusulas. Sabía lo que quería: vivir con él, hacer lo que se me antojara con su cuerpo y, cuando muriera, quedarme con todo.