Mi vecina me observaba y esa tarde marcó las reglas
Voy desnudo por casa porque nadie me ve. Eso creía, hasta que la vecina de enfrente me saludó con una sonrisa que ya lo sabía todo de mí.
Voy desnudo por casa porque nadie me ve. Eso creía, hasta que la vecina de enfrente me saludó con una sonrisa que ya lo sabía todo de mí.
Nadie imaginaría que esos tenis gigantes y ridículos guardan mis secretos. Esa noche en la carretera, con todos dormidos, me atreví por fin a lo que tanto fantaseaba.
Nunca me había fijado en los pies de nadie, hasta esa tarde calurosa en que ella estiró el suyo hacia mí y me preguntó, con una sonrisa, si me atrevía a tocarlo.
Durante años fantaseé con servir a una mujer que me quisiera a sus pies. Renata no fingía dominar: lo hacía con una calma que me dejaba sin aire.
Subió los pies a mis piernas, me ordenó desabrochar las cintas de sus sandalias y, con una sonrisa que no era inocente, me dijo que ese sería el precio de su silencio.
Siempre creí que no había nada más sucio que unos pies. Esa noche, descalza y nerviosa en la cama de mi amiga, descubrí lo equivocada que estaba.
Le ofrecí revisarle el tobillo como médico. Ella cruzó la pierna, acercó el pie a mi cara y supe, en ese instante, quién mandaba de verdad.
Nadie en la oficina imaginaba lo que escondían mis botas aquella mañana de lluvia, ni por qué no quise quitármelas en todo el día.
Recostada en el borde de la cama, con las medias negras subiendo por mis piernas, le advertí que esa noche no usaría las manos: lo desharía solo con mis pies.
Me dejó sentada en el sofá con un antifaz y las manos sudando. Cuando una mano subió por mi pierna y empezó a sonar la música, supe que no olvidaría esa noche.
Cuando entró y se detuvo medio segundo de más en sus pies, supe que algo en mí se había roto. Y, para mi sorpresa, no fueron celos lo primero que sentí.
Tenía las pinzas mordiéndome los pezones y la cadena tensa entre los dedos de Adrián. Solo una palabra bastaba para que todo parara. No la dije.
Nadie en el juzgado imaginaría que lo esperaba desnuda y de rodillas, conteniendo el aliento, a que él cruzara la puerta y le recordara a quién pertenecía.
Pensé que iba a rogarle que guardara el secreto. No imaginé que cuando volviera al salón lo haría con una fusta en la mano y unas botas de tacón.
Esta mañana, mientras esperaba el café, volví a verme de rodillas sobre el piso recién lustrado, con las piernas dormidas y la mirada baja, aguardando una sola orden suya.
Llevaba días sin saber de ella, soñando con sus órdenes. Esa tarde crucé una puerta que no debía y descubrí hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
Me ordenó ponerme a cuatro patas en la trastienda y, mientras sus dedos me exploraban, entendí que acababa de descubrir algo que yo llevaba años escondiendo.
Llevaba meses con el cinturón puesto y ella me prometió quitármelo esa noche. No me dijo lo que tendría que hacer antes para merecerlo.
Crucé esa puerta convencida de conocer mis límites. Tres horas después entendí que apenas empezaba a descubrirlos, temblando entre el miedo y unas ganas que no sabía nombrar.
Cuando Bárbara dejó colgando la sandalia de la punta de los dedos, supe que la obedecería allí mismo, en el portal, pasara quien pasara.