La domina del cuarto piso no perdona una mirada
Renata llevaba semanas soportando las miradas del vecino del segundo. Esa tarde decidió que él y su mujer aprenderían, de una vez, quién mandaba en el edificio.
Renata llevaba semanas soportando las miradas del vecino del segundo. Esa tarde decidió que él y su mujer aprenderían, de una vez, quién mandaba en el edificio.
Cuando bajó la vista hacia esas zapatillas blancas y sudadas, supo que iba a obedecer cualquier cosa que esa chica le pidiera. Y solo era el principio.
Esta noche duermo en el suelo y me lo busqué yo. La paradoja de pedirle a tu Dom que te ordene algo y descubrir que ya no hay vuelta atrás.
Tenía casi cuarenta años, vivía puerta con puerta y un día me invitó a una copa. Esa noche dejé de ser la chica del rellano para convertirme en su deseo.
Acepté la cita por morbo: ser el objeto que mi jefe presta a sus amigos. Pero lo que el socio quería de mí esa noche jamás lo habría imaginado.
Subí al tercer piso con mis medias de red y mis tacones blancos, entreabrí la puerta y esperé a que el sonido de mis pasos despertara el hambre de los hombres del pasillo.
Cuando se giró en aquella tienda de pueblo, pensé que era una mujer. Llevaba unos jeans blancos, las uñas pintadas y un secreto que no descubriría hasta quedarnos varados en la carretera.
Abrí la puerta esperando la cena y me encontré con una chica menuda, las uñas pintadas de rojo y una sonrisa que decía bastante más que «buenas noches».
Pocas veces mando fotos: es peligroso. Pero ese chico me dio confianza, y entre medias negras y mensajes a medianoche me convertí en la protagonista de su mejor fantasía.
Habían pasado ocho años desde la última vez que me desnudé frente a esa cámara. Esa noche volví a encenderla, y al otro lado seguía esperándome el mismo hombre.
Me hice dos coletas, un vestido cortito sin nada debajo y calcé mis tenis favoritos. Jugué a la nena inocente y terminé descubriendo algo de mí que no esperaba.
Esperé en la parada del autobús con el corazón acelerado, sabiendo que en cuanto su auto apareciera dejaríamos de ser madre e hijo para ser otra cosa.
Cuando mi tía preguntó si ya tenía novia, todos rieron. Mi prima Camila no. Bajo el mantel, su pie descalzo subió por mi pierna y entendí que la noche apenas empezaba.
Llevaba toda la vida viéndola con tacones y medias, pero hasta esa noche en el sofá jamás había imaginado lo que sus pies podían hacerme sentir.
Cuando me dijo que no había prisa, supe que esa noche iba a cambiar todo. Mauricio me miraba como un león mira a una gacela que ya dejó de correr.
Gané la mano y, por primera vez, los tuve a los dos a mi merced. Mi marido y nuestro invitado, esperando mi orden. Y yo ya sabía qué iba a pedirles.
Le puse la venda con cuidado y le pedí que solo sintiera. No sabía que detrás de la cortina había alguien más esperando su turno.
La primera vez me avisó que estaba por acabar y, aun sabiendo lo que significaba, no aparté la boca. Esa noche empezó algo que tardé en confesarme.
Cada mañana me pongo los grilletes antes de salir al campo. Nadie me obliga: lo hago porque el peso de la cadena en los tobillos es lo único que me hace sentir viva.
Sus tacones retumbaban por toda la planta y todos creían que las órdenes las daba yo. Solo ella sabía lo que pasaba cuando cerraba la puerta de mi despacho.