Lo que pasó en la camioneta del campero
Me gustaba sentirme mirada, deseada, elegida entre todas. Esa noche un hombre del campo me sacó de la pista y me llevó a un lugar sin vuelta atrás.
Me gustaba sentirme mirada, deseada, elegida entre todas. Esa noche un hombre del campo me sacó de la pista y me llevó a un lugar sin vuelta atrás.
Tenía traje caro y una mirada que intimidaba a todos en la mesa, pero no podía dejar de mirarme los pies. Y yo sabía exactamente lo que iba a hacer con eso.
Brindamos, di el primer sorbo y casi lo escupo. Él sonrió y me dijo al oído que no me iría de ahí hasta vaciar la botella. Su familia estaba a un metro.
Cuando su novio se fue a dormir temprano por el fútbol, ella se quedó conmigo. Solo quería seguir la fiesta, hasta que sacamos la baraja.
Bajé al bar a pedir dos tragos y la voz que me dijo «hola» era la última que esperaba escuchar en un hotel para adultos un sábado a la noche.
Sé que cuando termine de hablar me hará pagar cada palabra. Pero mi ama insiste: quiere que le cuente, de rodillas, aquello que nunca le confesé a nadie.
Nunca había dejado que tantos ojos me recorrieran a la vez. Y lo peor —o lo mejor— es que mi marido disfrutaba cada segundo desde la barra.
Le pedí que abriera las piernas en la gasolinera y al empleado casi se le salen los ojos. Esa mañana entendimos que el morbo de que la miraran nos podía con todo.
Me maquilló, me eligió el vestido más corto del armario y me soltó en la pista. No imaginé que terminaría rodeada de manos extrañas hasta el amanecer.
Cuando dejé caer la cabeza sobre su almohada, no imaginé que sus dedos rozarían mi piel ni que sus labios encontrarían los míos en la oscuridad.
Bailábamos pegados en la pista cuando sus dedos se colaron bajo mi falda. Lo que pasó después en su coche me persiguió durante semanas enteras.
Nadie en aquella casa sabía lo que escondía bajo el vestido negro. Nadie excepto él, el desconocido de la máscara al que se lo entregué en un pasillo a oscuras.
No soy lesbiana, jamás lo fui. Pero todavía me mojo cuando recuerdo lo que pasó en su departamento la madrugada después de aquella fiesta de la facultad.
Mi hermana cumplía veinte y yo tenía preparada una cámara, un guión y a toda la familia metida en su papel. Lo que ninguno imaginaba era hasta dónde íbamos a llegar esa noche.
Llevábamos meses fingiendo desprecio en cada reunión. Entonces abrí la puerta del baño secundario y la encontré con el vestido subido hasta la cintura.
Subí la escalera despacio, sabiendo que él miraba debajo de mi vestido, y por primera vez no sentí vergüenza: sentí unas ganas enormes de dejarlo ver todo.
A menos de cien metros de la música y el champán, abrió las piernas al sol sin saber que alguien venía por el sendero. Y cuando lo vio, ya era tarde para cerrarlas.
Me agaché tras la rendija de la ventana, convencido de que nadie me veía. Hasta que ella giró la cabeza y clavó los ojos justo donde yo estaba escondido.
Siempre soñó con transformarse en una de esas guerreras de falda corta. Esa noche de carnaval, contra la pared y con la música retumbando, empezó a sentirse exactamente así.
La vi salir del mar y supe que esa noche tenía que ser mía. Lo que no imaginé fue terminar yo de rodillas, obedeciendo cada orden de una desconocida.