Esteban entró al baño desnudo y supe lo que venía
El día anterior pensé que había sido una noche cualquiera. Esa mañana, cuando lo vi parado en la puerta, supe que no volvería a serlo.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
El día anterior pensé que había sido una noche cualquiera. Esa mañana, cuando lo vi parado en la puerta, supe que no volvería a serlo.
Cuando abrí la puerta no venía solo: detrás de él, con esa sonrisa ensayada de chapero, traía a un hombre al que yo no había visto en mi vida por el barrio.
Sabía que iría apenas escuchara su voz otra vez. Lo que no sabía era que esa tarde Camila me iba a empujar mucho más lejos que la primera.
Subí las escaleras con la polla a punto y el corazón disparado. La puerta estaba entreabierta. Lo que pasó dentro de ese piso vacío no se lo conté a nadie hasta hoy.
Llegué con mi mochila a la dirección que me dieron, sin saber que aquel trabajo de limpieza era apenas la fachada de algo mucho más caliente.
Abrí la puerta con la camisa empapada al pecho, sin imaginar que el desconocido del rellano vendría a por algo más que una toalla y mi ducha.
Le dije a Mateo que parara, que mi hermana dormía a tres metros, pero él insistió en silencio. No imaginé que ella iba a abrir esa puerta justo entonces.
Cuando su mano se apoyó en mi cadera y me susurró «hola, bebé», pensé que era para alguna de mis amigas. Al darme vuelta, supe que esa noche no iba a terminar como esperaba.
Llevaba tres semanas sin descargar cuando entré al baño del centro comercial. La mirada en el espejo y la puerta entreabierta me cambiaron la tarde libre por completo.
El cliente nos observaba desde la butaca mientras Heider me apretaba el cuello y Damián esperaba turno. Yo había firmado para ser la víctima esa noche.
Cuando salí del baño esa tarde, lo vi sacar la mano de entre sus pantalones. Y el televisor estaba más bajo que de costumbre. No fue casualidad.
Subí en el ascensor con el recipiente bajo el brazo. Sabía qué llevaba dentro. Lo que no sabía era qué me esperaba detrás de esa puerta cerrada.
Tras años pidiéndole que me pusiera los cuernos, una noche en el motel me dijo que cerrara los ojos. Cuando los abrí, ya no era yo el que mandaba.
Pensé que el trayecto Valencia-Barcelona iba a ser largo y aburrido, hasta que un chico se sentó a mi lado y me escribió desde el asiento contiguo.
Quería gastarle una broma encendiendo las velas frente a la caseta. Cuando empujamos la puerta nadie reía: mi hijo estaba contra el mueble y el padre de su amigo no paraba.
Por el cristal de la puerta vi cómo movía el brazo despacio, recostado en la silla, y supe que mi tarde acababa de cambiar para siempre.
Vi cómo el vendedor me miraba mientras atendía a mi mujer. Cuando giró la cabeza la segunda vez, supe que no íbamos a salir del centro comercial sin más.
Tengo sesenta y tres años, soy abuelo de dos, y ahora vivo encerrado en una jaula de castidad esperando que un pibe de veinticuatro vuelva con la llave.
Bajé al baño una noche sin electricidad convencido de estar solo en la casa. La luz de un celular iluminaba la cocina y entendí por qué los dos venían tan raros.
Llegó al piso del hombre con la promesa de no contenerse. No sabía aún el tamaño de la polla que iba a desvirgarlo ni hasta dónde caía aquella pala.