Despedida gay con mis primos: sauna y disco
Cinco primos, un amigo y una sauna apartada. Aquella despedida iba a empezar en un jacuzzi con dos bocas turnándose en mi polla y terminar al amanecer.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Cinco primos, un amigo y una sauna apartada. Aquella despedida iba a empezar en un jacuzzi con dos bocas turnándose en mi polla y terminar al amanecer.
Crucé miradas con él en la cafetería del área de servicio. Supe que iba a seguirme al baño, y supe que de ahí no iba a salir igual que había entrado.
Llegué al bar con la carta doblada en el bolsillo, las manos sudorosas y un plug metálico recordándome que esa noche iba dispuesto a entregarme a él.
Llevaba años deseando esos labios en silencio. Esa noche, peleando por el mando de la consola, su boca cayó sobre la mía y todo se rompió.
Aceptamos invitar a su compañero de trabajo a nuestro aniversario. Yo pensé que la cena terminaría ahí. Lo que pasó después me marcó más que ninguna otra noche.
Soy periodista y odio a los políticos. Pero esa noche Adrián me susurró algo al oído junto al taxi y, sin saberlo, firmé mi sentencia de muerte.
Cuando se quitó la camisa para cambiarse de ropa, supe que no iba a poder concentrarme en nada de lo que decía sobre tornillos y estantes.
Pensé que la oscuridad del cine iba a distraerme del fracaso con ella. No conté con que ese mismo señor que nos había sorprendido meses atrás estuviera lavándose las manos junto a mí.
Llevaba meses con la aplicación abierta sin escribir nada. La noche que por fin respondí, había un hotel discreto y un hombre llamado Iván esperándome.
La servilleta tenía un teléfono escrito y una invitación que no era de amigos. Esa noche descubrí lo que escondía Mateo y lo que llevaba años escondiéndome a mí mismo.
La tienda estaba vacía a las tres de la tarde. Cuando él bajó el cierre y me llevó al probador, supe que esa siesta no iba a parecerse a ninguna otra.
Estaba enamorado de Lara, pero cada vez que mis amigos me miraban de aquella forma, algo dentro de mí se rendía sin remedio.
El anuncio prometía solo masturbación entre machos. Subí con un six pack al cuarto piso del hotel, sin imaginar lo lejos que terminaríamos esa misma tarde.
Abrí la app un viernes santo y un hombre de cuarenta y tantos vivía a dos cuadras. Llevaba condones cuando toqué su puerta, pero no iban a servir para lo que vino después.
Subimos a la terraza para escapar de la música y fumar tranquilos. Bruno cerró la puerta detrás de mí, me miró fijo y dijo que había una prueba si quería pertenecer.
Nunca me había fijado en otro hombre hasta que sus ojos se cruzaron con los míos en aquel bar. Tres copas después estaba en su casa, sin saber qué hacer con las manos.
Elegí el asiento del fondo, como siempre. No esperaba que el viejo se sentara al lado, ni que un billete arrugado fuera apenas el principio de esa noche.
Entré desnudo y caminé entre cuerpos sin saber qué buscaba. Cuando subí a la hamaca con un vaso de vino, un hombre de cuarenta años se acomodó al lado y me preguntó si me molestaba.
Cuando sacó del cajón el conjunto de encaje negro de su mujer, todavía con la etiqueta colgando, supe que esa noche no iba a salir de su casa siendo el mismo.
Choqué con él al retroceder entre los puestos de verduras y su bulto rozó mis nalgas. Esa noche no pude dormir pensando en lo que había sentido.