El reciclador del barrio me vio por la ventana
Habían cancelado la reunión, me dieron la tarde libre y decidí que me iba a poner el camisón rosa. Lo que no calculé fue quién iba a estar mirándome desde la vereda.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Habían cancelado la reunión, me dieron la tarde libre y decidí que me iba a poner el camisón rosa. Lo que no calculé fue quién iba a estar mirándome desde la vereda.
Pagué la entrada, dejé la ropa en el casillero y me quedé en bóxer. No sabía que en menos de dos horas iba a olvidar mi nombre cuatro veces seguidas.
Mi padre subió a la siesta empapado en sudor, con un bulto evidente en la bragueta. Yo solo le dije una frase, sin pensar lo que vendría después.
Apenas me abrió la puerta me besó, sin preámbulos, sin que importara que yo tuviera novio esperándome en casa dos horas más tarde.
Le hice señas para que esperara unos minutos. Él no esperó. Cuando entró, yo seguía hablando del cardiólogo con mi hermana, y mi voz salió igual de tranquila.
Apretujado en el asiento de atrás, su pierna sudorosa contra la mía, sentí cómo su mano se deslizaba bajo la camiseta mientras mis padres conversaban adelante.
Cuando me pidió bajarme el pantalón y tenderme boca abajo, escuché en su voz que aquel examen no iba a ser una consulta de rutina.
Crucé la puerta nervioso, las manos sudando, sin saber cómo coquetearle. Cuando le rocé el paquete con los dedos, supe que esa tarde no me iba a ir solo con un corte.
Cuando puse la mano sobre su pecho y no la retiré, supe que esa tarde no iba a terminar como las otras. Tenía el doble de mi edad y olía a cerveza fría.
Cuando subí al auto y la vi al volante, ya no me importaron los expedientes ni los plazos. Esa última semana hábil antes de Navidad me cambió la agenda entera.
Llevábamos once años juntos cuando una foto en Instagram me hizo dudar de todo. Esa noche, después de sentir su pene dentro, decidí preguntárselo.
Llevaba meses cruzándome con él en el ascensor, sabiendo que era imposible. Esa noche encontré un cartel amarillo con un número y la promesa de un amarre.
Cerré los ojos en el vestuario vacío y dejé que la fantasía me llevara más lejos de lo que había imaginado. Cuando los abrí, ya no había vuelta atrás.
Caí sobre Nico para inmovilizarlo, pero mi trasero terminó sobre el bulto de Iker y supe enseguida que esa tarde no íbamos a seguir jugando a luchar.
El convoy del príncipe entró sin avisar entre las grúas. Bajó del segundo coche, se quitó las gafas oscuras y supe que aquellos tres meses de silencio iban a romperse esta misma noche.
A los cuarenta y siete años publiqué mi primer anuncio. Tardé meses en atreverme a quedar, pero esa tarde en el motel ya no había vuelta atrás.
Cerré con llave, me giré para mirarlo y supe que esa madrugada no admitía despedidas tibias: íbamos a llevar hasta el final lo que nunca habíamos terminado.
Cuando entró sin avisar, echó el pestillo y se colocó a mi lado frente al espejo, supe que las semanas de miradas furtivas iban a estallar al fin.
Llevábamos meses jugando con los límites de nuestra amistad, pero esa tarde, a solas en su cuarto, me preguntó si podía meterla y no supe decir que no.
Tres meses chateando con un desconocido que tampoco se animaba a confesarle a nadie lo que quería. Aquella tarde en el patio de comidas todo cambió.