La broma de Rodrigo que lo cambió todo en Cartagena
Las chicas se habían ido, la habitación estaba en silencio y Rodrigo soltó una broma que los dos sabíamos que no era del todo una broma.
Relatos de deseo y encuentros entre hombres
Las chicas se habían ido, la habitación estaba en silencio y Rodrigo soltó una broma que los dos sabíamos que no era del todo una broma.
Había algo en la forma en que me miró desde el andén. No era una mirada cualquiera. Supe que si le seguía, no volvería a ser el mismo.
Eran un tío y su sobrino, dos bestias del gimnasio que llevaban semanas mirándome. Ese domingo, algo en el aire cambió para siempre.
Me pidió fuego y cuando le acerqué el mechero sus ojos me deslumbraron. Cinco minutos después íbamos camino a su piso y yo todavía no entendía en qué me había metido.
Llevaba años callándome esa curiosidad. Cuando estábamos en la oscuridad y él estaba a un metro, sentí que si no lo pedía entonces, nunca lo iba a pedir.
Llevábamos meses juntos frente a la pantalla, cada uno en su lado. La tarde que Marcos extendió la mano hacia mí cambió todo entre nosotros para siempre.
Lo había visto en la playa, en una tienda, entre pinos. Tres veces sin atreverme. La cuarta vez estaba en la cocina de su hermano, con una camiseta sin mangas.
Éramos un matrimonio acostumbrado a compartirlo todo. Cuando Marcos llegó de gira con esa sonrisa de siempre, entendimos que la cena iba a esperar.
Era el hijo del jefe: correcto, tímido, bien educado. Nunca imaginé lo que hacía los viernes por la noche cuando desaparecía.
Adrián me miraba fijo mientras trabajaba sin camiseta. Cuando vi el bulto en su pantalón, entendí que aquella tarde iba a ser muy diferente.
Eran las dos de la madrugada, era el aniversario de mi boda muerta, y yo llorando en el sofá. Marcos me rodeó con los brazos y dijo que no se iba a ningún lado.
Cuando me quedé sin un peso para pagar la renta, Lorenzo tocó mi puerta a las diez en punto. Nunca había estado con un hombre hasta esa noche.
Llevábamos toda la boda intercambiando miradas. Cuando me susurró que quería mostrarme algo, pensé que era una broma. No lo era.
Rodrigo palideció de golpe y retiró el teléfono. Supe exactamente qué había pasado antes de que abriera la boca para explicarse.
Él me preguntó por una dirección y yo lo acompañé sin pensarlo. Nunca imaginé que minutos después estaría contra la pared de un edificio en obras con los pantalones en los tobillos.
Lo vi en la terraza del puerto: alto, con barba y espalda ancha. Marcos me miró de reojo y supe que los dos estábamos pensando lo mismo.
La primera vez que entré no sabía lo que pasaba en la oscuridad. Una mano extraña rozó mi pierna y lo cambió todo para siempre.
Cuando quedé a solas con Marcos, el vecino de toda la vida, algo cambió entre nosotros. Se acercó despacio y me besó sin pedir permiso ni disculpas.
Fui con tanga y medias de liguero debajo del pantalón, sin saber si pasaría algo. Esa noche pasó todo.
Tenía la peluca puesta y los tacos encima cuando vi que alguien esperaba en la puerta. Era el sobrino de Germán. Me quedé quieta a media cuadra, sin saber si seguir.