La tarde que me fui a un hotel con mi tío
Le dije que sí, pero que tendría que pagar mi salida de la cantina y darme algo a mí. Y ahí me tienes, caminando delante de mi tío rumbo al hotel.
Le dije que sí, pero que tendría que pagar mi salida de la cantina y darme algo a mí. Y ahí me tienes, caminando delante de mi tío rumbo al hotel.
El anuncio decía: travesti de clóset busca amigo maduro. Esa misma semana subí a una camioneta de lunas polarizadas sin saber del todo lo que me esperaba al final del viaje.
La bañera estaba a punto, yo cerré los ojos, y cuando los abrí ella ya estaba desnuda en el umbral, ofreciéndome un masaje que no terminó en los hombros.
Era la boda de mi hija, pero fue a él a quien busqué entre la multitud. Una balada, la arena bajo los pies, y de pronto ya no era solo mi hijo.
Reservé el lugar para nuestro aniversario, pero ella se me adelantó: el hostal era el cuartel de un club privado y esa noche el botón rojo estaba al lado de la cama.
Quedé atado boca arriba, con las piernas abiertas y sin saber qué iba a sacar a continuación de aquel bolso negro que dejó sobre la cama del hotel.
Cuando sonó el teléfono fijo aquella tarde, jamás pensé que esa llamada me llevaría a un hotel del centro, a dos hombres deseándome y a una versión de mí que no conocía.
Tomó mi mano sobre la mesa de la cocina, me miró fijo y dijo lo que llevaba semanas pensando. Yo solo atiné a levantarme y caminar en círculos.
Llevaba años soltándole la misma broma a mi mujer en la cama. Lo que no sabía es que ella había tomado nota de cada palabra, y que aquella escapada a la costa tenía un plan.
Le avisé por el chat que saldría vestida de hombre, pero que entraría al hotel hecha toda una mujer. Lo que no le conté fue cuánto deseaba esa noche.
Llegamos al motel como siempre, pero esta vez ella tenía algo distinto en la mirada y una promesa guardada que ni yo me imaginaba que estaba dispuesta a cumplir esa tarde.
Me subí al carro esperando una tarde con él, pero en el asiento de atrás había alguien más, y entendí enseguida por dónde venía la cosa.
La frase que siempre habíamos susurrado en la cama la dijo en voz baja frente a un hombre real. Y esta vez yo no pensaba dejar que se quedara en fantasía.
Eran las once y media de la noche cuando Daniela asomó al pasillo y me pidió ayuda con el fuego. Yo llevaba toda la tarde pensando en lo que escondían sus maletas.
Soy la hotwife de Tomás y él adora verme brillar. Entre murallas coloniales y salsa, un socio extranjero entró en nuestro juego, y yo me dejé llevar.
Publiqué un anuncio buscando a dos caballeros discretos. Cuando abrí la puerta de la suite y los vi a los dos esperándome, supe que aquella noche no habría límites.
«Si te quedas, te quedas para jugar», dijo él mirando a mi amiga. Yo solo quería tenerlo para mí, pero una parte oscura quería ver hasta dónde llegaba ella.
Llevaba años convenciéndose de que el deseo era cosa del pasado, hasta que aceptó una invitación que no debía aceptar y unas manos desconocidas le recordaron quién era.
Llevaba meses sola, con un consolador y mi imaginación. Esa noche me puse el vestido rojo, me maquillé y salí a la avenida a buscar algo de verdad.
«Tengo el arnés en el bolso», me susurró sobre el ruido del bar. «¿Quieres dejar de fingir y comprobar si eres tan valiente como pareces?».