La confesión de mi luna de miel en Cartagena
La primera tarde, salió a la terraza con la toalla colgando apenas de dos dedos. Abajo había gente. Arriba, los balcones vecinos. Y ella encendió un cigarrillo sin prisa.
La primera tarde, salió a la terraza con la toalla colgando apenas de dos dedos. Abajo había gente. Arriba, los balcones vecinos. Y ella encendió un cigarrillo sin prisa.
Bajé al balcón a tomar aire y oí su risa ronca del otro lado del tabique. Entonces empezaron los primeros gemidos, y supe que no eran fingidos.
Yo conocía bien el terreno con las chicas trans. Lo que nunca calculé fue que ella, con un beso y una llamada, iba a reescribir todas mis reglas en una sola noche.
Gérard me retó a cruzar media ciudad en metro vestida de mujer, de su mano y sin esconderme. No imaginé quién me estaría esperando al final de la noche.
«Date la vuelta y no te voltees», me ordenó nada más entrar. No tenía idea de lo que esa transexual estaba a punto de hacerle a mi cuerpo esa noche.
Bajé las persianas, me tumbé boca abajo en el colchón y cerré los ojos para una siesta corta. Cuando oí la puerta abrirse, fingí seguir dormido sin abrirlos.
Me visto solo cuando tengo una cita, siempre en un cuarto de hotel, y esa noche el desconocido que me esperaba no tenía idea de lo que iba a encontrar bajo mi vestido.
Volví después de veinte años a una ciudad del sur. Esa noche, en un hotel de la zona roja, dos desconocidas decidieron que no iba a dormir solo.
Aquel beso en la mejilla giró hacia mi boca y, aunque no abrí los labios, sentí su lengua. Ahí supe que frenar a mi propio hijo iba a costarme más de lo que admitía.
Bailamos tres canciones y bastó. Volé al norte intentando olvidarlo, dormí con otro pensando en él, y diez meses después marqué su número desde un hotel.
Cuando descorchó la champaña y dijo que esa noche no había jerarquías, no entendí lo que de verdad me proponía hasta que sentí la primera mano sobre mi piel.
Él me miraba desde el sillón mientras yo me arrodillaba frente al desconocido que había escogido en la barra del bar. Era mi primera noche siendo puta.
El hombre del traje sacó un paquete de su mochila. Adentro había un vestido transparente y una tanga que él pensaba arrancar con los dientes.
Lo había intentado antes y solo había sentido dolor. Esa noche, en una habitación de hotel con un desconocido, descubrí lo equivocada que estaba.
Me tumbé desnudo en la camilla a propósito, sin taparme, solo para ver qué hacía él cuando entrara con el aceite caliente.
Soy una travesti de clóset. Llevaba meses obedeciendo sus correos cuando me escribió que vendría a mi ciudad, y supe que esa tarde haría conmigo todo lo que me había ordenado.
Bajé al bar a pedir dos tragos y la voz que me dijo «hola» era la última que esperaba escuchar en un hotel para adultos un sábado a la noche.
El espejo me devolvía a una novia perfecta. Nadie imaginaba lo que me obligarían a hacer en la habitación 131 antes de subir al coche nupcial.
Salió del baño, me vio a medio vestir con el uniforme puesto y soltó: «tienes unas piernas fuertes». Ahí supe que esa tarde no iba a terminar como las otras.
No hubo gritos ni reproches. Solo el calor pegajoso de la ciudad y dos cuerpos que sabían que se tocaban por última vez, aunque nadie lo dijera en voz alta.