La despedida privada que le di a mi jefe
Salí del restaurante con él rumbo al motel. Mi marido me esperaba en casa, pero esa noche le debía a mi jefe una despedida muy distinta.
Salí del restaurante con él rumbo al motel. Mi marido me esperaba en casa, pero esa noche le debía a mi jefe una despedida muy distinta.
Su vestido negro parecía pintado sobre la piel y sus ojos enormes me pedían algo que ni ella sabía nombrar. Entre el neón rosa y el calor, todo cambió esa noche.
La primera noche bajo el farol, con el frío cortándome la cara, entendí que mi androginia podía ser un arma. Solo necesitaba aguantar hasta tener el cuerpo que siempre quise.
Cuando bajé al gimnasio del hotel no esperaba terminar la noche con los nudillos hinchados y dos costillas rotas que no eran mías. Lo que vino después fue peor.
Él sabía leer el miedo de cualquiera. Lo que no esperaba era que aquella travesti de vestido rojo le pidiera, en voz baja, que se lo quitara todo.
En la pantalla era una diosa intocable de miles de seguidores. Esa noche, frente a la puerta de la suite, era solo ella: sin filtro, sin máscara, temblando.
Cinco amigos del jefe, una casa alquilada y una partida de póker. Diego sabía cómo iba a vestirme en cada pasada; lo que nadie sabía era cómo terminaría la noche.
Marco se marchó al amanecer y nos dejó la suite pagada dos semanas más. Romina me miró con el delineador en la mano y supo que yo no iba a volver a ser el de antes.
Cuando volvió corriendo al coche, todavía pensaba dejarlo en la estación. A las tres de la mañana lo tenía pegado a mi espalda, buscándome bajo la sábana.
Llegué temprano del trabajo, me puse una camisa suya sin nada debajo y me arrodillé frente a él. Esa tarde decidí que iba a cumplirle su fantasía, pero con mis reglas.
Bajé del avión sin saber que aquel viaje terminaría con su mano apretándome la cintura en la arena, y conmigo deseando que jamás amaneciera.
Dos desconocidos me filmaban por debajo de la mesa mientras él me ordenaba quedarme quieta. Lo peor era que me gustaba ser el espectáculo de toda la sala.
Sentí que alguien me desabrochaba el top en la oscuridad. Abrí los ojos lo justo para mirarlo sin que se diera cuenta, y entonces decidí no detenerlo.
Apagué la luz para que la oscuridad me protegiera. Ella miró hacia mi ventana, se quedó muy quieta y, sin que yo lo supiera todavía, sonrió.
Cuando el Audi gris perla se detuvo frente a la caseta y vi aquellas piernas entreabiertas en el asiento del copiloto, supe que mi turno iba a torcerse para siempre.
La consultora que entró a presentar números resultó ser la mujer más perfecta que había visto. Antes de medianoche, de rodillas, me pedía que la marcara como mía.
No tenía que pensarlo. En cuanto escuché su voz al otro lado de la línea, ya estaba buscando las llaves del coche con las manos temblando.
Bruno llevaba horas tirado en el suelo de aquella habitación, agotado, cuando la puerta volvió a abrirse y supo que la noche aún no pensaba soltarlo.
Bruno seguía en el suelo, agotado, cuando la puerta se abrió otra vez y entraron dos desconocidos. Nadie lo miró. Su tormento, sin embargo, apenas empezaba.
Habíamos acordado las reglas durante semanas, pero cuando la puerta se cerró y me ataron a la cama, entendí que esa noche dejaría de pertenecerme.