Me dejé ver desnudo desde la ventana del hotel
Esa mañana abrí las cortinas con la idea de mirar a las mucamas. No imaginé que sería una desconocida en la ventana de enfrente la que no me quitaría los ojos de encima.
Esa mañana abrí las cortinas con la idea de mirar a las mucamas. No imaginé que sería una desconocida en la ventana de enfrente la que no me quitaría los ojos de encima.
Le susurré mi fantasía al oído en medio del vagón lleno. Ella se sorprendió, después me mordió el labio y supe que esa noche íbamos a un hotel.
Llevaba días caliente y sin un solo minuto a solas. Ese viernes reservé una habitación, saqué el vibrador de la caja y decidí que esa noche era mía.
Ella nunca había estado con alguien con quince años más. Esa noche, en la habitación del hotel, descubrió que la inteligencia también seduce.
El cajón se atascaba por culpa de un cuaderno manuscrito. Dentro estaban escritas las páginas más íntimas de un desconocido y su amante de ocho años.
Pedí una piña colada en el chiringuito y el camarero me la trajo con una sonrisa. Para el segundo día, supe que su servicio iba mucho más allá de la barra.
Subí al auto con el corazón en la boca y le dije, casi sin pensar, que entendía por fin lo que sentía una mujer cuando va camino a entregarse.
Me depilaba entero, me ponía medias y ligueros a escondidas. Nunca imaginé que un congreso de la empresa terminaría conmigo entregado a otro hombre.
No los vi nunca. Solo escuché cada palabra, cada golpe del cabecero contra la pared, y de pronto su placer también era el mío.
A los cincuenta y uno, después de muchas mujeres, escribí a un desconocido en una página gay sin saber que ese mensaje me obligaría a aceptar lo que siempre había negado.
Tecleaba su nombre cada cierto tiempo a ver si la encontraba. Nunca aparecía. Hasta esa madrugada en que el primer resultado fue ella, exacto, sin dudas.
Llevaba años poniéndome lencería a escondidas. Esa semana, lejos de casa, decidí averiguar qué se sentía hacerlo de verdad, en la cama de un desconocido.
Llevábamos toda la tarde encerrados en el cuarto y aun así él seguía despierto en el baño. La curiosidad pudo más que el sueño, y lo que vi me cambió.
Marina apagó el televisor para dormir. Entonces empezaron los sonidos sobre su cabeza, y supo que esa noche no iba a pegar ojo por una razón muy distinta al cansancio.
Apagar la luz habría sido lo sensato. Pero esa noche, en el piso nueve de un hotel vacío, lo último que yo quería era pasar desapercibida.
Esperé en la parada del autobús con el corazón acelerado, sabiendo que en cuanto su auto apareciera dejaríamos de ser madre e hijo para ser otra cosa.
Pensé que lo peor del viaje sería compartir habitación con mis padres en plan luna de miel. No imaginaba que, a oscuras, sería yo quien no podría quedarse quieto.
Pedimos dos sencillas y repartimos las camas sin pensarlo. A las once todos dormían; en la nuestra, mamá empezó a hacer preguntas que ninguna madre debería hacer.
Salí de casa con la tanga roja puesta y el corazón acelerado: mi tío jamás me citaba en día de descanso, y yo ya sabía a qué iba en realidad.
De pie frente a ellos, solo con el conjunto de encaje rosa, esperé la orden. La bolsa con el vestido pesaba en mis manos, y yo ya temblaba antes de que todo empezara.