La noche que me vestí para que me hiciera suya
Esa madrugada me puse la tanga roja, las medias de red y la peluca frente al espejo del hotel, y por primera vez no reconocí al chico de siempre.
Esa madrugada me puse la tanga roja, las medias de red y la peluca frente al espejo del hotel, y por primera vez no reconocí al chico de siempre.
Cuando él tomó mi mano para llevarme al ascensor, un calor que no debía sentir me subió por el vientre. Era la persona en la que más confiaba en el mundo, y esa noche todo se rompió.
Salí huyendo del trabajo y a los pocos kilómetros me cambiaba en el coche, con los camiones pasando a un metro. No imaginaba lo que esa noche iba a despertarme.
Éramos novatos y estábamos nerviosos, pero aquella pareja sentada al fondo del local nos miraba como si supiera exactamente lo que veníamos a buscar.
Mi marido durmió a mi lado sin sospechar que cada noche yo pensaba en el hombre cuyas iniciales todavía me marcan la cadera.
Cuando Mateo abrió la puerta y me vio en lencería, sonrió. Hasta que descubrió que no estábamos solos: alguien lo miraba todo desde el sillón del rincón.
Cuando el último aplauso se apagó, Damián cerró la puerta del camerino con llave y supo que esa voz, y todo lo demás, le pertenecía aquella noche.
El vestido rojo apenas me cubría al entrar a esa habitación; no imaginé que unos ojos al otro lado del cristal seguirían cada uno de mis movimientos.
Tú querías jugar a mandar y a obedecer. Lo que no calculaste fue que, cuando me soltaras las esposas, yo ya no iba a ser el mismo hombre que habías atado.
La vi salir del mar y supe que esa noche tenía que ser mía. Lo que no imaginé fue terminar yo de rodillas, obedeciendo cada orden de una desconocida.
Llevaban meses planeando esas vacaciones desnudas al sol, y ninguna imaginaba que una simple depilación compartida terminaría con las cuatro enredadas en la misma cama.
Apagó la luz, susurró mi nombre en la oscuridad y me dijo que tenía otra superstición. Lo que vino después borró todas las que yo conocía.
Andrés creía que el viaje los iba a reconciliar. Carmen bajó a la piscina con su bikini rojo y volvió tres horas después, sonrojada, oliendo a sal y a algo más.
Lo había amado de adolescente y la vida nos separó. Veinte años después apareció a mi lado en el jardín, encendió la noche, y todo volvió de golpe.
Llevaba media copa encima y un anillo de compromiso en el dedo. Cuando ese chico empezó a piropearme, supe que aquella noche iba a hacer algo de lo que nunca hablaría.
La primera tarde, un animador del hotel le ofreció un trago mirándole el escote. Bianca cruzó las piernas, se mordió el labio, y supe que ese viaje no iba a ser lo que yo había planeado.
Llevaba años practicando una expresión que no revelaba nada. Pero esa tarde, en el vestíbulo del hotel, sus ojos delataron lo único que no debía sentir por ella.
Despachó a la chica que se ofreció a ayudarlo sin mirarla dos veces. Una hora después descubrió que era ella quien decidía si su carrera seguía viva o no.
Sabía exactamente lo que quería esa noche: un hombre que la mirara como suya y no le diera tregua. Solo tenía que cruzar la puerta de aquella habitación.
Llamó a mi puerta a medianoche con los ojos rojos y la voz quebrada. No esperaba que la última noche del viaje terminara con mi alumna en mi cama.