La noche que reté a un desconocido y casi pierdo
Dije que mi cuerpo aguantaba cualquier cosa. Era mentira, pero ya no había forma de echarme atrás delante de los tres.
Dije que mi cuerpo aguantaba cualquier cosa. Era mentira, pero ya no había forma de echarme atrás delante de los tres.
Tomás salió de la ducha desnudo y dijo que para qué iba a vestirse si pensábamos desnudarlo igual. Esa noche en la cabaña, ninguno de los cuatro pensó en dormir.
Mi marido me pidió que tuviera una aventura por mi cumpleaños. Lo que no esperaba era empezar mirando a otros desde el agua, mordiéndome el labio para no gemir.
Yo era el más joven de un grupo de jubilados y la única persona que me interesaba era Valentina, la guía. Tardé dos cenas en descubrir lo que escondía.
Mi marido llevaba toda la semana de viaje y yo aún cargaba con la culpa de la vez anterior. Entonces aquel hombre de la fila me sonrió como si lo supiera todo.
Cuando metió el pie descalzo bajo el mantel y rozó mi muslo, supe que aquel chico al que llevaba semanas ignorando iba a conseguir lo que tanto pedía.
Le entregué la nota doblada y un preservativo sin decir una palabra. Él la leyó, me miró de arriba abajo y solo dijo: ven conmigo. No volví a pensar con claridad en horas.
El mensaje llegó a medianoche y lo leí tres veces antes de mostrárselo a mi marido. No me pedía permiso. Me daba instrucciones, y yo ya estaba temblando.
Bajé a la piscina a las cinco de la tarde, con resaca y la piel quemada, y un desconocido enorme se acostó en el camastro de al lado. Diez minutos después caminábamos hacia el vapor.
Bajé al bar con la falda demasiado ceñida y el coño desnudo bajo ella. Sabía exactamente lo que buscaba esa noche, y no era precisamente dormir.
Nunca pensé que mirarlo entrenar a los demás terminaría conmigo de rodillas frente a él, en la penumbra roja de una habitación que olía a sudor y a deseo.
Vine a descansar a una isla de lujo con mi hijo adolescente. No imaginaba que sería él quien no me dejaría dormir esa noche de tormenta.
Escribió diciendo que quería ser mi modelo, mi musa. No imaginaba que esa tarde aprendería que el deseo y la cámara son la misma cosa.
Entro al chat para distraerme, nada más. Pero ese señor de voz pausada y casi treinta años más que yo despertó una curiosidad que terminó conmigo desnuda sobre él.
Lo vi cruzar la piscina con dos copas en la mano y supe que esa tarde iba a ser mía. No me importó su nombre ni su historia: solo cómo me miraba.
Llegué cansada del velero y solo quería dormir. Nunca imaginé que esa noche, detrás de un antifaz de flores, dejaría de ser la esposa fiel que siempre fui.
Se agachó para mostrarme sus pulseras y su mirada bajó hasta mi pecho. En ese instante supe que no me marcharía de aquella playa siendo la misma mujer.
Aún tenía el sabor de otro hombre en la boca cuando entendí que esa noche no iba a detenerme, aunque mi hermana estuviera en la habitación de al lado.
Eran las tres de la madrugada, estábamos los cuatro desnudos en el agua caliente, y entonces empezaron a contar lo que de verdad pensaban de nosotras.
Llegué al hotel sin peluca y sin saber que ese desconocido tenía un plan: borrar al hombre que veía en el espejo y dejar solo a la mujer que yo siempre quise ser.